El misterio del silencio

Texto y foto: Liudmila Peña Herrera

Una tras otra, va enlazando letras y palabras con las manos. Sus dedos se mueven con rapidez mientras esboza el mensaje. Tiene 20 años y se llama Yadima: Yadima Machín Guerrero.

La otra le supera en edad, pero permanece atenta, como los aprendices ante el maestro. Revisa la ropa, se la mide, pero no decide comprarla. Sonríen. La muchacha hace un gesto con la mano y la compradora espera. Ahí viene otra vez, con una prenda más grande. “Vamos, mire que le queda bien”, le dice con los ojos, con los gestos, con el cuerpo entero. En el poblado de San Andrés, todavía guarda el recuerdo de muñecas destrenzadas, retozos silentes con Yadira, la hermana pequeña, y el adiós inocente a los sonidos. “Sólo aprendió a decir papá, tata y otras palabras muy cortas” –asegura Mariel, el padre. La meningo bacteriana le arrancó de tajo el crujir de las hojas secas bajo sus zapatos, el ruido de las ramas en la danza con el viento, la música que oían sus vecinos por la radio, la voz de su mamá mientras la dormía… Ya está a punto de despedirse de sus compañeros (oyentes y sordomudos) del Instituto Politécnico José Martí, porque el cuarto año de la carrera de Comercio casi llega al final. Ha vencido una buena parte del reto, pero aún le resta el más difícil, el del trato cotidiano con los clientes, entre el ir y venir de la gente dentro de la tienda Las Novedades, donde realiza la práctica pre-profesional. “Ha sido muy difícil –confiesa (gracias a Conrado García, intérprete durante la entrevista)–. En las clases, los profesores escribían muchas cosas en la pizarra. Si no entendía, le preguntaba a mis compañeros algunas palabras o conceptos, y después los buscaba en los libros”. A veces a favor y otras en contra de la corriente, la muchacha sorteó no poca desconfianza antes de su llegada al segundo piso de la tienda. Gracias a Alexander, el administrador, y a la amiga nueva –que ya entiende casi todas sus expresiones–, Yadima se siente realizada profesionalmente en el lugar donde muchos dudaron que pudiera desempeñar con eficacia su labor. La señora dobla la prenda complacida, paga y agita la mano en señal de despedida, mientras los labios de la vendedora aprendiz le regalan una sonrisa. Pero antes de que se haya marchado, aparece un hombre de bigotes tupidos y rostro serio. Este será más difícil, pero Yadima ya está frente a él, preguntándole, sin palabras, en qué puede servirle.

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