DE AMOR Y DÉCADAS

En el portal de la casa, en la calle Progreso, de HolguínHACE 5 MESES EL AMOR VOLVIÓ A LAS VIDAS DE LOS HOLGUINEROS RAMONA Y GABRIEL

Por Liudmila Peña Herrera

Lentamente, para no despertar sospechas, desliza la mano por debajo del brazo del sofá. Del otro lado, tiemblan los dedos de la mujer, mientras permanecen bajo el influjo cálido del hombre; pero escapa con rapidez, intentando esconder el rubor.

La examina a hurtadillas; hace de todo para atraer su atención, cual tímido colegial enamorado por vez primera. La mujer, aún distante, deja entrever cierto brillo pícaro en la mirada y la sonrisa del amor alegra, una vez más, el rostro marcado por los años.

Hacía más de 365 amaneceres que Gabriel despertaba solo, sin esperar mayores sorpresas que andar, calle Progreso abajo y doblar en Morales Lemus, rumbo al único lugar donde trocaba soledad por compañía. Solo llevan 5 meses de unión, pero la ternura está a ojos vistaPero un día la vio: tenía la broma a flor de piel y una figura que lo cautivó “a primera vista”.

A Ramona le pareció “bello”, cuando percibió que sus ojos se abalanzaban sobre ella, como lo hace el mar sobre la arena.

La Casa de Abuelos “Mario Sánchez Vives” fue testigo de los primeros roces, el deleite de contemplar al ser amado en medio de un juego de dominó, bailando al compás del órgano como en los años mozos o brazo arriba en el uno-dos, tres-cuatro de los ejercicios matutinos.

Ahora lo acurruca, le mima y seduce. Gabriel le dice “mi niña”, le regala un beso, una caricia. “Es mi tesoro -admite Ramona-. Si vamos al médico, a la placita o a pasear, lo hacemos juntos. Nos entendemos, cuidamos y queremos: esas son las cosas que necesitamos a nuestra edad”.

Pero si ella se ríe más allá del umbral del portal, enseguida va el esposo a averiguar qué pasa, porque le gusta “defender lo suyo”, y ella lo cela también, porque “es un pillo”.

No es diferente el amor aunque seamos mayores –asegura él-. Estoy tan enamorado como cuando era joven: aún puedo sentir frío en el estómago y pálpito en el corazón”.

A los 70 y 87 años, parecía que solo quedaba ablandar sillones, tejer o hacer “mandados”; pero allá han de estar ellos, sorprendiéndose en el abrazo o haciendo esperar a quien toca a la puerta (como le ocurrió a esta periodista), cuando le ceden paso a un verdadero beso de amor.

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