EL TESORO DEL FARO

UNA ENTREVISTA AL PRIMER CUBANO QUE SUFRIÓ LOS EMBATES DEL HURACÁN IKE (CONTIENE VIDEO)

Por Liudmila Peña Herrera

En lo más alto del faro, donde parece como si nos salieran alas

Banes estaba en carnavales. La cerveza hacía fiesta con la gente o la gente perseguía los espacios de fiesta, no supimos bien. La verdad es que todo el que sabía nuestro rumbo, nos invitaba primero a dar una vuelta por el pueblo y no entendían por qué queríamos llegar tan temprano al faro. Ya sabía que las historias tejidas alrededor de la locura de aquel hombre eran puro invento del imaginario popular, pero hasta el mismo nombre del sitio me atraía: Cabo Lucrecia.Todo el camino me pareció más pintoresco y atractivo de lo que contaban quienes habían transitado Jagüeyes de Mulas y Colorao. Los baches del yipi, los golpes en la cabeza, los chistes de los colegas de la televisión, los guajiros saludando a cada paso y los cangrejos rojos (que no se pueden comer porque puede ser “peligroso”), eran parte del hilo que nos conducía hasta el cubano “que vio primero a Ike”.

Camino al faro de Cabo Lucrecia

Cuando avistamos a lo lejos la cúpula del faro ya tenía claro que no quería contar la misma historia del hombre que se quedó solo entre tanta costa amenazante, para cuidar sus pertenencias dentro de la torre de 142 años. Miguel Chacón tenía otras experiencias que narrar.

El chofer detiene el yipi justo al costado izquierdo de la edificación. La bienvenida es alegre, como si hubiese llegado la familia. La casa colonial con patio interior está bien restaurada y pocos detalles indican el paso del fenómeno meteorológico más destructivo que recuerden sus moradores.

El primer cubano que vio a Ike

Chacón, como le llaman todos, es más bien bajo, bonachón y muy risueño. No espera a que le preguntemos nada: enseguida se pone a contar cómo le fue aquel 7 de septiembre de 2008, cuando lo que parecía “una gran nube blanca” arremetió contra el faro. Es un conversador de los buenos, trajina de aquí para allá dentro de su casa, prepara café y el almuerzo a la vez.

Después, cuando el crepúsculo se adueña del Cabo y temo que la cámara de televisión le haya robado todas las respuestas, el torrero me pide que le ayude con el pescado. “¿Sabes de qué tipo es este?” Y ante mi silencio agrega con una sonrisa:

¿Salmón o caballa?

“Es salmón, o caballa, una comida fina”. Y este es el corto preámbulo para nuestra conversación:

– ¿Qué es lo más difícil que le ha pasado aquí, además de Ike?

– Yo me he tenido que enfrentar en varias oportunidades a embarcaciones enemigas. Aquí mismo llegó un yate y los tripulantes se tiraron para afuera. Yo fui para allá con un machete, porque no teníamos armas. Eran tres cubanos y un americano. Los tuvimos toda la noche detenidos porque había problemas en la zona y no sabíamos cuáles eran sus intenciones. No pasó nada, pero siempre existe la posibilidad de que ocurra un incidente peligroso porque estamos en la costa norte.

– ¿Y usted nunca ha sentido miedo?

– Miedo, lo que se dice miedo, no; pero sí sentí temor cuando el ciclón, cuando vi venir el mar. Si ahora viene otro ciclón y a mí me dicen que hay que quedarse, me quedo. Yo lo que no me quedo por gusto, ¡qué va! Y mientras enfatiza la última frase, me entrega el plato con los trozos de salmón, recoge el cuchillo y se adentra en la casa. Llama: “Ven, que me vas a ayudar a cocinar”.

Me entrega los ajos y el arroz, cuando reparte el trabajo entre todos. Anda de aquí para allá, recoge el sancocho para los puercos y se aleja de la cocina. No renuncio, lo persigo hasta el patio, donde atiende a sus animales:

– ¿Cómo es el día de guardia de un torrero?

– Comienza a las siete de la mañana. Durante el día, recibimos los datos de la guardia anterior, hacemos la limpieza del faro y preparamos nuestros alimentos. Por la noche comienza lo más difícil.

– ¿Y a qué hora se enciende el faro?

– A partir de las 7:15 de la tarde aproximadamente, depende de la claridad que haya. Ahí

Para que la óptica gire hay que darle vueltas al rodillo

es cuando se sube la cuerda dándole vueltas al rodillo, que es el que hace girar la óptica del faro.

– ¿Esa es, entonces, la función principal de un farero?

– Más o menos. Cada faro tiene diferentes características. El nuestro emite un destello cada cinco segundos. Cuando a un navegante le coge la noche en el mar y este se enciende, aunque no sepa por qué lugar va, busca la carta y se da cuenta de que está en Cuba, en la costa norte, cerca del faro de Cabo Lucrecia. Nuestro objetivo principal es proteger la navegación.

– Si el faro se apaga por algún motivo, ¿qué hace usted?

– El faro tiene una luz auxiliar que permite maniobrar hasta que se solucione el problema. Esta funciona gracias a una celda fotovoltaica y está programada para que, cuando detecte oscuridad, se encienda automáticamente, aunque lo primero es comunicar el imprevisto a nuestros jefes en GEOCUBA.

Chacón asegura que este es uno de sus entretenimientos favoritos

Detiene la conversación para apartar a la puerca del comedero, agarra el cubo y salta la pequeña cerca de piedras; me mira, como invitándome a seguirlo, y se dirige a la casa. Voy detrás de él, intentando continuar la conversación para no perder las últimas historias. Este hombre de 64 años es fuerte como la edificación hecha de “jaimanitas” que lo protegió de Ike. Cuentan sus compañeros que suele pintar la cúpula colgado de una soga, como retando, desde las alturas, al diente de perro.

Pero ahí está, hablándome de los 40 años que ha permanecido lejos de la familia, de su poco gusto por cocinar (aunque lo hace muy bien), de los 20 días que pasa sin ir a su casa… Entonces, a ese hombre de “piedra” se lo lleva el viento. “No es fácil ser farero”, pienso mientras llegamos a la cocina, donde está “Jotábich”, otro de los torreros que trabajan en el faro. En Cabo Lucrecia laboran tres: uno hace la guardia, otro está de suplente, por si ocurre algún imprevisto, y el tercero descansa. La mesa está servida. El olor del salmón altera a la gata Susi y a quienes no somos gatos. Chacón come en silencio, pero yo sé que tengo que aprovechar. La última pregunta tiene que ser en este momento, y él responde que no, que no cree “en fantasmas ni en barcos fantasmas; en los vivos sí, que esos son los peligrosos”. Pero cuando le hablo del oro, le brillan los ojos como dos moneditas: “Ah, lo del oro… eso sí hay que verlo”, sonríe y cuenta: “Siempre habían dicho los más viejos que en esta zona estaba enterrado el tesoro de Mérida, el más grande del mundo, robado por los piratas, quienes tuvieron que dejarlo por aquí porque fueron atacados por los ingleses. Imagínate la cantidad de gente que ha venido en busca de ese tesoro, con detectores y todo.” Parece que Chacón adivina mi incredulidad, porque agrega: “Ah, pero lo que sí es seguro es que debajo de un pedestal de la torre hay seis u ocho monedas de oro, con periódicos y otras cosas”.

Amanecer encima del faro

Todos lo miramos y quedamos en silencio. Estar en un faro, disfrutando de la brisa nocturna y mirando las estrellas por la ventana del comedor, mientras escuchamos leyendas sobre el oro, es más que cosa de películas. “Entonces, ¡a buscar el tesoro!”, digo, y todos echamos a reír.

El siguiente video es una realización del Lic. Abdiel Bermúdez Bermúdez, periodista de Telecristal:

 

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