La despedida de Cuquito

¿QUÉ PASA CUANDO SE JUBILA UN EDITOR HOLGUINERO?

Por Abdiel Bermúdez Bermúdez
Cuentan que el viajero llegó un día hasta Holguín haciéndose el extranjero.

Cuquito durante la fiesta de despedida en Telecristal

Llevaba un“espendrú” de la época, unos pantalones de esos que sonaban como las campanas del parque, y unas camisas de mangas largas bordadas con encajes.
Cuando las holguineras del telecentro lo vieron llegar, enseguida comenzaron a disputarse el noviazgo del nagüito. Pero sólo una le pudo romper el corazón: aquella mujer de piernas inmensas y contorneadas, o al menos eso eran las piernas de Josefina, la dama de la peluca blanca.
En Holguín improvisó como camarógrafo, luminotécnico y terminó siendo editor. Pedía despertadores prestados y luego se olvidaba de devolverlos. Usó por años unos espejuelos amarrados con un cordón, y después se le vio con los zapatos de un difunto.
Lo apodaban el Burro, pues muchos aseguraban que sus extremidades eran algo desproporcionadas, pero Josefina desmintió estas “virtudes” después de curarle las heridas cuando por poco pierde la vida en el Salto del Guayabo.
Le concedieron el Premio a la Obra de toda la vida en Tele Cristal, y transformó el cubículo de edición lineal en su segunda casa.
Cuando llegó la tecnología entró en pánico, pero a fuerza de horas nalgas, el viejo loco empezó a aprender los secretos del Avid. Allí se ha fajado con medio mundo. Ha rediseñado trabajos periodísticos, ha llenado la máquina de música para “renderearle” la vida a cualquiera, y ahora le ha dado por retirarse.
Pero al parecer está guardando sus memorias en email. Un agente especial me informó que ahora le llaman El Mozo, porque en la antesala de la jubilación anda flirteando por Internet con una dama desconocida. Y para alimentar ese amor, los informáticos le han concedido de buena gana una cuenta electrónica vitalicia desde la computadora del Informativo.
A esta hora, no valen sus resabios de viejo jodedor, ni sus peleas continuas por hacerme entender que aquel plano no servía, y que Aníbal, el terrateniente, había dicho que no se podía mejorar.
Él pertenece al grupo de los expertos en decir casi siempre que no, para después terminar diciendo que sí.
No es el hombre perfecto, pero tiene un montón de virtudes que ya quisieran muchos tener. Y a partir del mes que viene le será reconocida una virtud adicional, cuando vaya al banco con la chequera en la mano y firme con letras grandes: Jorge Luis Danger, el mismo que para todos nosotros será, por siempre, Cuquito.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s