DE AQUELLOS NIÑOS QUE YA NO SOMOS

Tomada de Internet  Por Liudmila Peña Herrera

 Hacía por lo menos tres semanas que no leía libro  alguno (de vez en vez alguna que otra línea de prensa) y enloquecía, lo digo casi literalmente, por encontrar alguna historia que lograra sacarme de la cotodianidad estresante en la que me hallaba inmersa. Así, como por casualidad, lo conocí. Primero fue la portada: esa invitación de tres que se abrazan y gritan para no quedar desapercibidos, señalando miles de signos de interrogación: “¡Oye, crecimos! El tiempo pasó: ya ‘no somos aquellos niños’.” Entonces, Andrés Casanova sonrió desde su pórtico de libro nuevo y yo comencé a leer.

Después me preguntaría cómo era posible que en mis andares por bibliotecas y librerías, nunca hubiese tropezado con alguno de sus libros. ¡Vaya coincidencia: empezar por el último! No importaba que el tunero hubiese escrito años atrás Hoy es lunes (Letras Cubanas, 1995), Tormenta Tropical de verano, Las trágicas pasiones de Cándida Moreno (2001), La fiebre del atún y Las nubes de algodón…; yo acababa de encontrar su última novela publicada y eso me parecía suficiente para comenzar mi búsqueda, amén de todos los cuestionamientos que sobre él me surgieran.

No somos aquellos niños es de esos textos que se leen con una avidez inusitada, a pesar de las ganas del lector por que no se acabe nunca. Es la historia de una generación, de un nosotros que no quiere separarse para vivir el singular que nos es dado a todos, contada desde la perspectiva de un narrador personaje. “¿Qué quiere decir virginidad, eh Alfonso?” Se preguntan bajo el bombillo del patio, a la edad en que todo lo nuevo causa miedo y vergüenza, mientras se aprende a golpes y arañazos que la vida no es un simple juego de parchís o monopolio.

Esta novela, pequeña en extensión (41 capítulos, en 157 páginas), pero profundamente amplia en la caracterización de un grupo de adolescentes que comenzaron a crecer entre concepciones y transformaciones inimaginadas, es una obra de amor y amistad. Andrés Casanova hace que los muchachos jueguen sin preocupación, mientras los mayores, algunos incrédulos, discuten qué pasará en la Isla a partir del triunfo revolucionario. Mientras se impone la realidad cubana, la experiencia de un pueblo al que llegaba la igualdad de posibilidades, algún que otro personaje se resiste a consentirlo o se desentiende de los hechos. Así fue como el Borracho siguió siendo borracho y el Loco continuó con su locura, mientras la academia Chandler abría sus puertas para todos, hijos del doctor Cárdenas o de sus empleados, aunque María Adriana escribiese “Con Dios todo, sin Dios nada” para molestar a los nuevos.

En este pueblo pequeño, los sucesos no parecen casuales o inventados. Hay personajes perfectamente verosímiles, presentes en cualquier rincón de nuestra geografía. El Viajante, con su sarta de historias y experiencias; Zulema la Endemoniada y la China Fernández, enigmas para los adolescentes que comenzaban a descubrir el erotismo y los apetitos sexuales; el cura Juan Ambrosio, doña Remigia, provenientes de un sistema decadente y destruido. Hasta el tiempo y los lugares parecen cobrar vida, o morir, como el hotel La Gaviota. En medio de todos ellos transcurren los años sesenta, con las incertidumbres y alegrías de los cubanos de entonces, Crisis de Octubre y Playa Girón incluidos.

Esta es la época de una generación que hace historia. Y palabras como “chivato”, “gusano” y “disciplina” no escapan a la jerga de Alfonso y el otro mellizo. Se trata de estar a la altura de las circunstancias, pero, por sobre todas las cosa,s de vivir, no importa desde qué posición o concepción.

La historia no está exenta del amor, elemento imprescindible si de género humano se trata. Del amor y la amistad; del tiempo que se escurre entre cada uno de sus personajes, que los aleja y los encuentra en diversas situaciones; así como de la nostalgia por los días y la gente que ya no está. De eso nos habla esta novela.

La claridad de la narración, además de la llaneza del lenguaje y la amenidad de los diálogos, hacen de esta obra un texto llamativo para distintos tipos de lectores: desde los que están inmersos en las mismas transformaciones que sus protagonistas, hasta los contemporáneos con el autor. Y es que Casanova nos invita a recordar y disfrutar de nuestro pasado, que es en resumidas cuentas parte de nuestro presente.

No somos aquellos niños es la novela de la inocencia perdida, de los juegos de infancia, de los años que no volverán aunque sus protagonistas se empeñen en recordarlos. Como otros de sus libros, este también nos acerca a temas como las relaciones filiales, así como la complejidad de la existencia para personajes destinados a vivir desde las experiencias más detestables hasta las más sublimes. Aquellos que ya no son los mismos niños, dicen lo que a veces olvidamos en medio de tanta agitación cotidiana: cada noche que llega es un día que se va, repleto de amigos y enemigos e historias que ya no vuelven a repetirse. Es la vida que irremediablemente se agota, a pesar de cuanto hayamos construido durante nuestra historia personal. La trascendencia de este texto está en mostrar de manera sugerente, y ajena a todo sentimentalismo, esa experiencia de amor y de fidelidad, ese apego al ejercicio de vivir que no está exento de tropiezos y equivocaciones.

Andrés Casanova (Las Tunas, 1949) Narrador, poeta y crítico literario. Escritor de libretos radiales dramatizados y de guiones para cine y televisión. Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).

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Un pensamiento en “DE AQUELLOS NIÑOS QUE YA NO SOMOS

  1. Liu, deberías presentar el libro en la redacción, para todos. Creo que si el autor se entera de todo lo que dices aquí te nombraría su presentadora oficial 😉 En serio, piensa en lo de la presentación.

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