MARTÍ Y YO

Por Liudmila Peña Herrera

De pequeña siempre llamó mi atención el reloj de la Plaza Solar Martiana, de Las Tunas. Saltando con un pie, con el otro, rodeaba la amplia figura plasmada en el suelo. Las sombras se proyectaban sobre mí,  niña desconocedora de las cuestiones físicas y arquitectónicas que rodeaban el lugar. Decían que en verdad el reloj daba la hora y yo halaba las tiras de mi imaginación buscándole el sentido a aquellas líneas y símbolos.

Cuando me cansaba de imaginar y de preguntarle a mi papá, sobre quien creía que lo sabía todo, me entretenía en cuestionar por qué del otro lado de la calle, había una casita con la misma fachada que la de José Martí en La Habana. Nunca supe la respuesta, porque aquel hombre loco por su hija, tampoco supo responder.

Después, no recuerdo bien el año, mis abuelos me llevaron a la calle Paula, a conocer la verdadera morada del hombre de los libros, el de la rosa blanca y el sueño de libertad. Han pasado muchos años desde aquel día. A veces tengo la sensación de no haber vivido la experiencia, de que todo sea un invento de mi imaginación: un sueño que de tanto haber deseado me hubiese parecido que ocurriera.

Pero por esas trampas del tiempo y la memoria, no puedo hacerle tal injusticia a mis abuelos, campesinos de formación casi empírica, que nada querían hacer en aquella casa de dos pisos, más que cumplir la petición de la nieta. No quiero recurrir a las imágenes de las revistas o la televisión, para hacer honor a estos recuerdos que aún guardo. Cada objeto me parecía maravilloso y solo pensaba en mirar con rapidez y captar cada imagen, cada figura, porque la mujer explicaba a una velocidad que me impedía captar todos los detalles.

Hace pocos días, el filme Martí: el ojo del canario, puso delante de mí al adolescente Martí, el del gallo fino y la amistad infinita. A mi lado, había alguien que la había visto y quería ganarle a la pantalla en detalles de la historia. Otra vez, yo delante de Martí, como hace más de 20 años, cuando llegaba, con las primeras luces del alba, con una flor para el Apóstol, al círculo infantil.

No escribo porque hoy sea 19 de mayo, aniversario de su caída en combate: esta es parte de una historia que no sé por qué extraña razón, cuando leí el comentario de un amigo en Internet, comenzaron a brotar de alguna parte desconocida de mi ser.

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