Los ojos de Abel

por José Aurelio Paz (Tomado del periódico Invasor) 

Foto: Ismael Francisco

Como un engranaje que solo el corazón puede mover, el pueblo, que es la gente que habita sus casas, salió a la calle en un silencio solemne al que le colgaban el orgullo y la alegría. Iban a un mismo punto, como bichitos de luz, a quemarse las alas con la luminosidad del último triunfo y el primer reto del mañana.

Así, fue engordando de júbilo la Plaza de la Revolución Mayor General Máximo Gómez Báez desde el alba. Así se fue tiñendo de un color irrepetible porque la pinta el alma. Era el frenesí de una Isla que latía, allí, desde la magnitud de la nueva Cuba que ya estamos soñando con las manos firmes sobre la herramienta. Leer más

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