La Higuera del Santo Che

Cada año, cientos de personas de diferentes nacionalidades, posturas políticas o creencias religiosas visitan La Higuera, el lugar donde el Che se convirtió en símbolo universal de lucha por las causas justas. Eddy de la Pera, camarógrafo de la prensa holguinera, anduvo de visita por aquellos parajes bolivianos y hoy cuenta su experiencia…

Por Liudmila Peña y Abdiel Bermúdez

Tomada de Internet

A dos mil160 metros sobre el nivel del mar, la luz de las fogatas se eleva por encima de los hombres, desafiando la oscuridad y el frío inclemente de la noche en la Higuera. Hay cientos de personas acampadas en carpitas móviles frente a la pequeña escuela donde hace más de cuatro décadas la historia se transformó en leyenda.

Eddy está sentado en la tierra, sosteniendo la cámara sobre las piernas cruzadas. El sonido de los tambores del hombre brasileño, interpretando uno de sus ritos religiosos, le parece un sueño lejano. Está pensando.

“Yo quería venir con  mi hermana porque este era su mayor sueño, pero falleció hace unos días. Ojalá me esté mirando ahora y sepa que vine por las dos”, cuenta una joven paraguaya y entona un canto que, para él, es el más triste del mundo.

Se levanta. Intenta disimular el torrente que nace en sus ojos, pero cuando mira al editor que le acompaña, lo ve llorar sin consuelo, como un niño pequeño. Aquí todos se quitan la coraza y abren el pecho para ofrecer el corazón.

“Hermano, ¿no has comido nada? Toma esta barrita de chocolate”, casi le implora una anciana española, en quien no había reparado. Hay argentinos, cubanos, chilenos, venezolanos, norteamericanos… hasta un iraní. Eddy se seca las lágrimas y sonríe: a lo lejos una monjita anglosajona intenta comunicarse con un rockero español. La Higuera acoge en su tierra a todo ser humano que quiera acercarse al Che.

De Vallegrande a la Higuera

Mucha gente comenzó a subir desde Vallegrande el día seis de octubre. Se necesitan más de dos horas para dominar los 60 kilómetros que separan el lugar donde encontraron sus restos, del sitio en que el Che fue asesinado.

Algunos choferes se resisten a aventurarse por la carretera plagada de cruces, porque el recorrido es sinuoso, como una serpiente cascabel en fuga hacia lo alto, donde el aire seco y polvoriento calienta los pulmones. Pero no es lo mismo subir en un transporte que hacerlo a la manera del Che: con infinitos sacrificios físicos, ahogándose por el esfuerzo… Normalmente las personas mayores se trasladan hasta Pucará, un pueblo instalado justo en la mitad del trayecto, con casitas de barro y yerba, embetunadas de rojo desértico, y un silencio arrasador. A partir de ahí, la mayoría hace el viaje a pie.

Eddy recuerda los días anteriores, mochila y cámara en mano, saludando a los compañeros de viaje, sintiéndose orgulloso cada vez que respondía que “sí, soy cubano”, y los peregrinos lo colmaban de preguntas acerca de la Isla y de cuanto hizo el Che en Cuba.

“Esa es la Quebradadel Yuro”, dice un boliviano apuntando con el índice hacia la formación rocosa tras los arbustos de espino. ‘No disparen, soy el Che Guevara, valgo más vivo que muerto’, dijo antes de caer prisionero, ya con su pierna izquierda herida de bala”, explica el joven emocionado.

“Cubano, como tú también llevo en mi pecho una polera con el Che”, le dice aquel señor señalándole el pulóver. A la luz de las fogatas parece un hombre común que ha venido, como el resto, a conocer de cerca la magnitud del argentino universal. “Yo luché contra él sin saber quién era en realidad. Después supe que fue un gigante, pero los pobres de Bolivia no estábamos preparados para entenderlo”, admite quien fuera miembro del ejército que combatió contra la guerrilla de Guevara. Y Eddy queda perplejo, admirado por la grandeza de un hombre que, aun después de muerto, da una lección de honor a sus enemigos de antaño.

Los vecinos de la Higuera también aseguran desconocer quién era el Che hasta algún tiempo después de su muerte. Cuentan que el poblado “apareció” en los mapas luego del 8 de octubre de 1967. Allí parece que el tiempo se detuvo: casi todo está intacto. Unas 30 casas sirven de morada a un centenar de aldeanos, en medio de un ambiente místico, surcado por la devoción con que las personas fraguan sus rezos al “San Ernesto” que murió en una de las “piezas” de la escuelita local, convertida hoy en museo.

Eddy junto a la maestra

“Que Dios los bendiga y el almita del Che los acompañe”, dicen los
paisanos al caminante. “Perdone, buscamos la casa de Julia Cortés, la maestra que le dio al Che su último alimento, una sopa de maní”, le dicen a la señora que sale a su encuentro. “Ya ella murió”, responde la mujer sin parpadear; pero luego conoce que son cubanos los que quieren saber cómo fueron los últimos minutos de vida del guerrillero. Los invita a entrar en la pieza donde siempre tiene encendida una vela para él, y acepta al fin: “Yo soy Julia”.

Eddy recuerda el rostro de la maestra mientras contaba cómo aquel prisionero desgarbado, con el pelo largo y rebelde, y a sabiendas de que planeaban asesinarle, tuvo temple para corregirle un error ortográfico en la pizarra: “a la palabra Ángulos le falta la tilde sobre la mayúscula, maestra”. Y antes de que se esfumara aquel 9 de octubre de 1967, dos ráfagas sentenciaban al Comandante. Era la una y diez de la tarde.

San Ernesto de la Higuera

“Tu ejemplo alumbra un nuevo amanecer”: la inscripción está ribeteada en rojo sobre la piedra inmensa que eleva un busto del Che a tres metros de altura, en la entrada misma dela Higuera.

“¿Cómo habrá llegado hasta aquí esa estructura colosal, si es la única de este tipo en medio del paisaje?”, se preguntaba Eddy durante sus viajes anteriores, y Paula, una de las ancianas más antiguas del lugar, le contó: “Los dioses otorgaron poderes para trasladarla, porque pasarían muchos soles y mucha lluvia, y vendría un hombre a hacer el bien, moriría y sobre esa piedra descansaría su imagen, de frente al sol”.

Entre diálogos y cantatas, la vigilia de los peregrinos va terminando junto a la noche del ocho de octubre. Amanece, la gente hace ondear las banderas en una tribuna improvisada y cada cual expresa sus sentimientos como sabe: besan la tierra, ponen velas en el busto, dicen poemas, rezan, cantan o leen discursos. Siempre existe alguien que intenta traducir para que entienda el resto. Pero si hay alguna lengua demasiado desconocida, todos escuchan en silencio.

“Ya se va a nublar el sol”, corren la voz quienes, como Eddy, han venido más de una vez a la Higuera. Muchos no creen que suceda, porque no hay nubes y es apenas la una de la tarde. Pero de pronto, una gran neblina se cierne sobre la Higuera y acalla los cantos de los visitantes.

Al unísono, como hipnotizados, todos se van sentando sobre la tierra, en el silencio más puro que hayan percibido desde la llegada, y prenden sus velas. Así, bajo el parpadear de los “fueguitos”, permanece la Higuera durante diez largos minutos, hasta que otra vez va apareciendo, poco a poco, el brillo del sol como un regalo misterioso y divino. “Su espíritu está aquí”, dicen los más viejos, mientras los visitantes se arrodillan frente a la estatua para cumplir con la misión personal que los ha conducido, desde diversos puntos del planeta, hasta la Higuera del Santo Che.

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