Maestra de maestros

Foto: Liudmila

 Por Liudmila Peña Herrera

 Todavía recuerda el poblado de la Gloria, aquella zona citrícola donde los chipojos “doblaban las ramas de los árboles”. Corría el mes de abril de 1961, período de inmensas pruebas para los revolucionarios cubanos: lucha contra bandidos, bloqueo económico, ataque mercenario por Playa Girón.

A Etna Noriega Rodríguez no le germinaban aún todas las flores de la adolescencia, pero la determinación de unirse a la Campaña de Alfabetización hacía creer a los mayores que sus trece años se multiplicaban.

Trabajé en la Granja 5-53 ‘Julio Antonio Mella’, de Camagüey –cuenta –. Por las mañanas, los brigadistas laborábamos en el campo y en la tardes y noches alfabetizábamos. La tarea era muy difícil, porque además de que muchos campesinos no sabían absolutamente nada de lectura y escritura, había unos cuantos de origen haitiano que ni siquiera hablaban bien el español, pues se comunicaban mayoritariamente en créole. No obstante, logramos que todos aprendieran a leer y escribir”.

Caminaba de noche la manzanillera, desandando el trillo recorrido entre el hogar más alejado de los guajiros y la morada de Emilio Capón y Juana Travieso. El miedo a los bandidos no era compañía recurrente, aunque evitaba acercarse a los árboles para no tropezarse con los lagartos, dueños de las ramas.

Así cumplió su primera misión. Y cuando Fidel declaró la Isla Libre de Analfabetismo, ella sintió que había hecho muy poco, que aún no era suficiente. Por eso, se hizo maestra, o más bien, para cumplir el sueño que tantas veces había confesado a su padre: “Él me dijo que no me preocupara, que iba a trabajar duro para que llegara a mi meta. Antes del ´59, yo había estudiado en una escuela pública de Amancio Rodríguez. En el pueblo existía una privada, pero mi papá no podía pagarla. Si no hubiera triunfado la Revolución, no sé cuántos sacrificios habría tenido que hacer, porque la formación profesional era para los hijos de los ricos o acomodados, no para nosotros, que vivíamos gracias a las labores del tiempo de zafra”.

En 1971, alzó el título y fue por fin licenciada en Español-Literatura. Se fue contenta a Santiago de Cuba, a aprender y enseñar frente a las aulas, pero la suerte giró nuevamente a su favor: esta vez con los aires que la trajeron hasta el Pedagógico de Holguín, donde hace 40 años que no deja de hacer “de las suyas”.

Desde 1982, pertenece a la Cátedra Martiana y se declara adimiradora ferviente de nuestro Héroe Nacional.

Martí es el Maestro. Es mi paradigma en la vida, no solamente como docente, porque vinculo su obra tanto en las clases como en mis actos cotidianos. Sus textos me fortalecen. Cuando pienso en todo su sacrificio, me doy cuenta de lo insignificante de mi labor en comparación con lo que él fue capaz de hacer”.

Etna sonríe con timidez. No está acostumbrada a hablar de los méritos propios, aunque no se canse de cultivarlos. Es una maestra de experiencia. Se me antoja preguntarle qué características no deben faltarle a un profesor, y ella responde segura:

Lo primero son los amplios conocimientos. Nosotros formamos profesores, por tanto, debemos educar a los estudiantes, no sólo instruirlos. Tienen que ser un modelo de actuación, porque hay que brindar, sobre todo, pensamiento. El verdadero profesor tiene que amar la profesión”.

Pero esta mujer de 64 años no se ha parado solo delante de un aula repleta de alumnos: el pueblo la eligió para que su voz representara las ideas de los holguineros en la Asamblea Provincial del Poder Popular y su trabajo se extendió hasta el Buró Provincial del Partido Comunista de Cuba.

– Dos posiciones diferentes, ¿cuál de ellas es más difícil?

El aula es parte de mi vida. Respeto mucho a mis alumnos y siempre tengo la preocupación de cumplir o superar sus expectativas. No subestimo a ninguno. El momento de representar a todo el pueblo también es una gran responsabilidad. En verdad, constituyó un reto, pues asumí tareas que nunca había desarrollado, como la presidencia de la Comisión Provincial de Educación de la Asamblea, y nunca dejé de ser profesora del Pedagógico. Fue difícil conciliar estas dos labores, pero creo que las desempeñé satisfactoriamente”.


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