Manuel Ascunce: maestro de dignidad

El joven Manuel Ascunce y su alumno, el campesino Pedro Lantigua

Por Liudmila Peña Herrera

Era alguien desconocido para mí, apenas un nombre pintado a la entrada de la escuela, con una insignia de lápiz y cartilla descoloridos como compañía. Yo tenía seis o siete años y ninguna idea de lo que era el “sacrificio” y la “inmortalidad”. Pero aquella tarde de fecha ya escondida en los vericuetos de mi memoria, la bibliotecaria contó la historia.

Nos habló de “alfabetización”, de la “obra revolucionaria” y sobre los “bandidos que querían destruirla”. Fue una tarde diferente, y aunque no entendimos todo, porque hay cosas que para aprenderlas es necesario vivirlas, nos fuimos de la escuela con una clase de historia que nunca olvidaríamos. Porque nos tocaba de cerca y era parte de nuestra propia cotidianidad.

Muchos años después, cuando he podido conversar con protagonistas de la Campaña de Alfabetización en Cuba, puedo contar aquella historia de manera diferente.

En la tarde del 26 de noviembre de 1961, a pocos días de terminar la misión, el monte tembló por la injustia. Todavía humeaba el café en los jarros, cuando llegaron los bandidos. Traían el alma sometida por el odio hacia una Revolución floreciente.

Yo soy el maestro”, dijo Manuel Ascunce Domenech, un muchacho -casi niño- que había dejado su vida cómoda y sin tormentos para ir a mostrarles a los campesinos un nuevo camino de luz y conocimientos. “Yo soy el maestro”, dijo y los asesinos tomaron su vida de joven promesa para intimidar a los brigadistas. Se lo llevaron junto a Pedro Lantigua, uno de sus alumnos. Los amenazaron, golpearon, torturaron… y cuando de la vida les quedaban suspiros, los colgaron de las ramas de una acacia.

Cuba toda les lloró, como lloran las madres sobre los cuerpos exánimes de sus hijos; pero la Campaña de Alfabetización no se detuvo. Porque el amor a la Revolución y la defensa de un ideal justo pudieron más que el terror y la infamia de bandidos pagados por el imperialismo.

Más de cinco décadas nos separan de aquellos sucesos. Pero la valentía y decisión de aquel joven sencillo, que se integró a la familia que alfabetizaba como uno más de sus hijos, se multilicó en cada maestro, en cada cubano que venció la oscuridad del desconocimiento. Por eso, cuando Cuba proclamó su condición de “Primer Territorio Libre de Analfabetismo en Latinoamérica”, la misión a la cual se unieron voluntariamente jóvenes cubanos como Ascunce Domenech, estaba cumplida: el pueblo sabía leer y escribir, ya nunca más podía ser engañado.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s