En Jagüeyes David no desafía a Goliat

Fotos: Edgar

Por  Liudmila Peña Herrera

Padre e hijo se ocupan de la finca con la dedicación de quienes traen la ganadería en la sangre. “¡Cuidao con el toro!”, grita Osvaldo a su progenitor, pero el otro actúa con la naturalidad de costumbre. Por fin, entre los dos logran meterlo del otro lado del corral y entonces, nos invitan a pasar a la parte que ha quedado vacía.

Así comienza la inusual entrevista, que tiene lugar en la finca Jagüeyes, muy cerca del mismo corazón del poblado de Cueto.

Entre el mugir de los 20 toros que conforman la ceba semintensiva, David García Blanco, ganadero de toda la vida, comienza a explicar el procedimiento: “Trancamos a los animales con 200 kilogramos para llevarlos hasta 450. Por la mañana los pastoreamos, por la tarde limpiamos la corraleta, y los alimentamos dos y tres veces al día”, asegura.

Y cuando pienso que aún se dirige a mí, ordena con énfasis: “Ya le echamos el king grass, ahora vamos a cargar dos carretones más de maloja pa’l día”. Y al tiempo que me imagino alzando los bultos de la planta, Osvaldo le tira un brazo al hombro y se acercan a nosotros, dispuestos a continuar la faena.

La finca Jagüeyes va dándonos la bienvenida, mientras David, acompañado por su esposa y Osvaldo, señala los detalles que le parecen más importantes: “Cultivamos ocho hectáreas de maíz; y también siete de caña, calabaza, yuca y frutales (guayaba, aguacate, ciruela)”.

– ¿Y su esposa le ayuda, David? –le pregunto.

– ¡Cómo que no! – responde sonriente. Cuéntale tú misma, Barbarita –le pide a la mujer.

Entonces, Bárbara Pérez refiere que se levanta temprano para prepararle café con leche y dejar desayuno y almuerzo para los trabajadores de la finca. Todo eso antes de ir a desempeñar su labor en la Dirección de Educación en el municipio. “En ocasiones me he tenido que ir a las seis de la mañana para Guamuta, Birán, Alto Cedro; pero lo he dejado todo listo antes de salir, porque esa es mi manera de ayudarlo”.

En Jagüeyes se respira un ambiente saludable y parece como si el mayor dueño de todo fuese el trabajo. El sol está fuerte casi a las once de la mañana, pero Juvencio y Robel, los dos obreros contratados por David, no entienden de astro rey ni visitantes. A ellos no hay quien les haga historias del surco y sus resultados.

No tengo horario para irme de aquí –dice Juvencio, quien lleva cerca de nueve años de trabajo en la finca– porque cuando tengo que llegar tarde por algún asunto, no hay problema. Entonces aquí estoy hasta que se eche el sol”.

Por su parte, Robel explica por qué se sienten a gusto trabajando en Jagüeyes: “Además de que David nos paga, comparte lo que siembra. Siempre dice: ‘estas dos carreras son tuyas’. Y si tiene una actividad, nos invita. No nos mira como obreros, sino como amigos”.

LAS RIQUEZAS DE DAVID

Fotos: Edgar Batista

Sentados a la orilla de la poza que garantiza el agua de todo el año para la siembra, este hombre de 73 años me cuenta acerca de sus inicios como campesino allá por los ’50 del siglo pasado, en la finca Majagüita, donde ayudaba a su padre a “tirar la caña” y ocuparse de la tierra. “Lo mejor que aprendí de él fue a ser honrado, a trabajar y luchar por el bienestar de mi familia”, asegura.

– ¿Me diría la ganancia que obtiene al año, David?lo provoco, aun a sabiendas de que esa es una de las preguntas que menos gusta a los campesinos.

– No damos ese dato todavía –dice sonriente y se escabulle hablando de la siembra escalonada, técnica que utiliza para producir maíz, boniato, tomate, frijol…

– Pero la estrategia para obtener buenos resultados en la finca no es un secreto. ¿O sí?

– No, no. Eso todo el mundo lo sabe: no paro de trabajar todos los días. Puede que los domingos me tome una botella de ron con los amigos, pero a las cuatro de la mañana ya estoy levanta’o.

– ¿Y cómo ha logrado la supervivencia de los terneros?

– Hay que cuidarlos mucho. Hasta que no tengan dos meses no pueden salir al sol, y si los dejamos tiene que ser hasta las diez y media o las once. Por la tarde, les damos dos ‘tetas’ para que cojan fuerza. Hay que pasarse por lo menos dos meses dándoles leche todas las tardes.

– Pero es menos leche que tiene para usted…

– No, se equivoca. Así tengo más animales.

Después, alguien me sugiere bajito: “Pregúntele sobre su relación con los barbudos”.

– ¿Cómo es eso, David?

– Cuando vivíamos en la finca Majagüita, teníamos amistad con miembros de la célula del 26 de Julio en el territorio. Quienes se iban a incorporar a la Sierra, se albergaban en mi casa y yo les indicaba el camino. También alimentábamos a los combatientes que estaban cerca de la zona.

– ¿Y tuvieron algún problema con la guardia rural por eso?

– Ellos lo sabían, pero no tenían… (une las dos manos y hace como que sopesa un bulto grande) lo que hay que tener para llegar hasta allí –dice y suelta la carcajada.

– David, ¿y de qué se enamora más usted, de la tierra o de las mujeres

– De las dos, porque las dos me dan vida. Si no cultivo la tierra, no produce. Y a las mujeres… ¡si no las acaricias, no te quieren! -contesta el pícaro de nacimiento.

De esta manera jocosa, al puro estilo del campo cubano, me despido de este David que no desafía gigantes, porque su reto diario es vencer los obstáculos que impone el trabajo de la tierra.

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