Decir que no

Por Liudmila Peña Herrera

Decir que no, primero despacito, tímidamente, como temiendo que el otro no entienda, que reclame. Decir la primera pequeña verdad controvertida con la cabeza gacha, como temiendo despertar el desacuerdo. Después, cuando nos damos cuenta que el mundo es diverso y el torrente de ideas infinito, es más fácil decir con fuerza un no y explicar las razones y defender lo que creemos.

Habrá quien pretenda desatar huracanes, tsunamis, volcanes sobre nosotros; pero habrá quien pregunte, quien discuta y nos convenza o quede convencido. Dicen que el cubano gusta de la polémica y el desafío, que es “porfiado” hasta el cansancio. Y eso, creo, nos enriquece.

No es disentir por disentir, que quede claro. Ni para hacer gala de saberes aprendidos en academias o en las enciclopedias de la calle. Decir que no, no estar de acuerdo, no significa ser para nada un sublevado o un destructor de la unidad.

Por eso, no puedo concordar con quienes pretenden implantar verdades particulares o callar voces porque no parecen coincidir con las del colectivo. Hace poco, un mensaje electrónico me abofeteaba el rostro con sus letras. ¿Su intención? Hacerme callar o retractarme por expresar opiniones que el remitente no compartía. ¿Qué habría pasado si hubiese devuelto el golpe? ¿Si le hubiese hecho callar con mis palabras? Me pregunto si ya habría terminado nuestra guerra. Entonces, agradecí su opinión, aunque no le hiciese falta la violencia empleada.

Pero la lucha (y no la guerra) ha de enfocarse en el diálogo justo y enriquecedor, donde se expresen criterios y se encuentren soluciones comunicativas que en vez de alejar, acerquen a los interlocutores.

Así, ¿por qué callar cuando se sabe de errores que podrían subsanarse con apenas una palabra de desacuerdo? Por qué preferir el silencio antes que defender nuestras ideas y comenzar un debate, por la sencilla razón de no incomodar al otro? Quién sabe cuantas verdades se han hundido en el lodazal de lo desconocido, cuántas soluciones hubiesen aparecido, cuánta riqueza, cuánto intercambio.

Una reunión, un centro laboral, una casa, una habitación, el mundo. Cualquier espacio ha de ser el mejor para levantar la mano, apenas mover el dedo e indicar: “permiso, disculpe, no estoy de acuerdo”. Y ya está. Comienza la magia del buen decir, del debate, siempre respetuoso y sincero. Creo que saber discutir, así, en buena lid, o en buena “onda”, como dicen algunos chicos, es también un arte necesario y que solo con el tiempo se va aprendiendo.

Por suerte, al cubano le viene de raíz el instinto y la costumbre de pensar y expresar sus ideas y luchar para que sean respetadas. Por eso, en pleno siglo XXI, en medio de una Revolución Socialista, no me abstengo de decir lo que pienso, aunque no siempre sean bien acogidas mis palabras por la totalidad de los lectores. Aunque continúe recibiendo groseros mensajes, siempre estará la recompensa de decir la verdad y creer que con mis letras voy en busca de un mundo mejor.  

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