LUZ DE ENTRE LOS ESCOMBROS

 

Fotos: Javier

Por Liudmila Peña Herrera

La madrugada, violenta y larga, sirvió de cómplice, mientras el huracán rugía su fuerza de viento y agua.Y cuando la luz comenzaba a escurrirse por entre las rendijas de las casas en pie, hubo quien quiso cerrar los ojos para no ver tanto destrozo.

 

No faltó el lamento de quien, al abrir las ventanas del vecino que le había dado abrigo, descubrió que por techo le quedarían las estrellas, o la preocupación por la familia, los amigos, y la incomunicación telefónica que hacía infinitas las distancias.

Pero como si abriesen las flores después de un triste invierno, de todas partes aparecieron hombres, niños, mujeres, ancianas… En sus manos, palas, escobas y toda clase de instrumentos de limpieza para tomar las calles y devolverles color.

Un par de viejitos relataban al pueblo cómo se habían escondido, del susto, dentro de un escaparate y nadie les creía, mientras otros contaban el milagro de una palma exprimida por el viento. Casi ninguno tenía ganas de reír, pero el cubano, así de jaranero, inventaba chistes, algunos sonreían y seguían recogiendo escombros.

¡Vaya tontería esa de llorar por un árbol!”, soltó uno, sin comprender por qué dolía tanto un viejo tamarindo derribado a una comunidad con más de una casa destechada.

Sacaron los colchones al sol, recogieron planchas de fibro recuperables, enderezaron casas, limpiaron las hojas que el viento había arrastrado hasta los portales y encendieron empolvados fogones de carbón o improvisaron otros con leña, para colar una “hechura” de café que levantara los ánimos.

 

Estas noches absolutas y eternas, que recuerdan las cantatas colectivas de las mujeres en los portales, en espera de la corriente eléctrica, durante los días más duros de los ´90. Candiles, faroles, linternas… un sinfín de aparatos olvidados en las gavetas han vuelto a aparecer. Mas, como quien “trae una velita”, en imitación del cómico animado infantil cubano, llegaron los hombres “reparadores de la luz” y desde lo alto, han ido devolviendo la esperanza y la alegría.

Foto: Tomada del Sitio Al Día, de la Televisión en Holguín

 

 

El huracán Sandy siguió la ruta trazada por sus antecesores, como si esta parte del Caribe fuese su mejor destino turístico. Ya lo sabemos: les gustan estos meses para descargar su energía. Ahora, los lamentos son vanos: hacen falta todas las manos, todas para reconstruir lo perdido.

 

Una preocupación se escucha en la calle. Dicen que habrá que “tirarle fotos a los plátanos” si queremos acordarnos del sabor de un buen fufú. Pero alguien, sabiamente, recomendó acopiar, primero, todo lo que Sandy derribó e inmediatamente después traspasar los surcos y pactar nuevos acuerdos con los campesinos en pos de la alimentación del pueblo.

 

Sandy, un huracán con nombre ambiguo, nos dejó territorios “patas arriba”, daños económicos irrecuperables, el triste e inesperado suceso de perder vidas humanas, noches en desvelo, una montaña de trabajo, viviendas por reparar… Pero nos regaló la oportunidad de mirar nuevamente alrededor, sin vendas ni antifaces, y constatar que no estamos solos, ni siquiera cuando la fatalidad toca a la puerta y esperamos, sin mucho que ofrecer, el apoyo de una mano amiga. Ningún huracán -ni el más potente- podrá arrancarnos jamás la solidaridad y la voluntad de levantarnos de entre las dificultades.

 

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