La belleza del espíritu

Por Liudmila Peña Herrera
El fin del 2012, no trajo, como muchos auguraban, la gran explosión que determinaría el fin de nuestra época. Así que los cubanos decidimos celebrar, como de costumbre, el cierre de un ciclo de vida y el inicio de otro. Claro, cada cual festejó a su manera, y como pudo: dándole vuelta a la púa, con inmensas o sencillas reuniones familiares, tirando la casa por la ventana o sentado frente al televisor después de una cena tranquila.

Esto y el hecho de que al volver de mis vacaciones, colegas y amigos me han deseado un sinnúmero de buenos augurios, ha hecho que me detenga a pensar en la encrucijada que supone para todos la dicotomía entre el mundo espiritual y el mundo material.Así, entre los muchos deseos, se encontraban la paz, el amor, la buena salud… “Eso es lo más importante- decían algunos-. Lo demás va llegando de a poco”. Pero hubo también quien deseó, medio en serio y medio en broma, además del éxito profesional, “divisa y visa”.

Y he aquí el asunto. Me detengo a reflexionar sobre el tema, porque entre las principales preocupaciones de los jóvenes está cómo acceder a las distintas opciones de recreación si los salarios son bajos; cómo conocer el país donde viven; cómo independizarse de la familia; cómo asumir la responsabilidad de tener varios hijos si tener uno es demasiada preocupación.

Son temas como para creer que en esta época no hay tiempo si no para pensar en cuestiones materiales. Muchos dirán que es culpa del Período Especial o la crisis económica, todo lo cual, ciertamente, hace mella en nuestro desarrollo económico y social.


Y habrá quien me apunte con el dedo, acusándome de materialista. Pero en este comentario nada más alejado que el propósito de justificar las acciones de quienes solo sueñan con armarios repletos de ropas a la moda, un montón de equipos electrónicos, una billetera regordeta y la posibilidad de comprar hasta el destino de un hombre.


No, amigos, siempre he intentado apreciar la belleza que nos viene empaquetada con la propia vida. Las sensaciones que solo el amor despierta, la tranquilidad del hogar, el abrazo de los padres cuando somos grandes y creemos que estamos solos frente a los retos, los eclipses, el cielo estrellado, la puesta de sol, el talento de un pintor o la poética de una buena pieza de teatro… ¡Hay tantas cosas que nos perdemos cuando nos preocupamos solo del pan nuestro de cada día! A veces hasta siento angustia por quienes pasan por la vida sin llegar a conocer las esencias que nos hacen verdaderos seres humanos, porque dedican cada minuto de su existencia a preocuparse por lo que se ve. Y es que, como decía Martí, “quien siente su belleza, la belleza interior, no busca afuera belleza prestada: se sabe hermosa, y la belleza echa luz”.

Y en este asunto, no solo se llevan la mayor culpa nuestros problemas económicos. Creo que es también una cuestión de educación, que debe partir en la propia familia y educarse desde las edades más tempranas, inculcando el aprecio por los afectos y el respeto de valores como la sencillez.

Después, en la escuela, toca a los educadores mostrar con el ejemplo que el hombre no es feliz gracias a la banalidad, sino a la grandeza de su espíritu. Y aquí me detengo otra vez, porque nuestros medios de comunicación pueden ayudar mucho, pero también provocar el caos, gracias a modelos consumistas cortados y pegados al descuido de otros modelos económico-sociales.

No digo que haya que cruzar la frontera entre lo espiritual y lo material. Eso sería, obviamente, imposible. Desde que los primeros hombres cubrieron sus cuerpos con antiguos y disímiles tejidos y se construyeron cabañas para protegerse del clima, lo material nos acompaña y hasta define. Es cierto que la cotidianidad estresa y cansa, pero no hay algo más hermoso que cerrar la página de un día y sabernos felices de haber disfrutado a plenitud cada instante de luz que nos ha tocado vivir.

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