Adolescencia y comunicación: trampas generacionales

Por Liudmila Peña Herrera
Hace poco, en medio de una guagua repleta de jóvenes y adultos, presencié una escena triste y lamentable. Una señora gritaba amenazante a dos adolescentes vestidos de uniforme marrón, prometiéndoles dos buenos pescozones, mientras los chicos reían y a todas luces continuaban la burla que había iniciado la trifulca.
La gente escuchó en silencio sin atreverse a tomar partido por ninguno de los bandos. Y yo me puse a pensar por el origen de tanta violencia, indisciplina social e irrespeto por el orden público.
En aquel caso, los protagonistas pertenecían a generaciones distintas. Y cualquiera hubiese culpado a los muchachos, sin pensarlo más de una vez, por eso de que “la juventud está perdida” y “ya no hay respeto por los ancianos”.Ciertamente, desde pequeños reproducimos patrones aprendidos en el hogar, en el barrio o en la escuela. Y no es hasta esa etapa famosísima del desarrollo humano, cuando los cambios estallan como si hubiesen aparecido de la nada. Entonces los padres se halan de los cabellos y tienen deseos de arrastrar al jovencito o a la jovencita, porque siempre se equivocan y siempre lo hacen “sin querer”. Ah, y casi nunca lo cuentan en casa, por aquello de no preocupar a la familia o “porque me basto para resolver mis problemas”.
Así, muchas veces afuera están cayendo rayos y centellas, mientras en casa la madre llora lágrimas ficticias con novelas alquiladas y el padre piensa que todo está en orden hasta que va a la escuela y no encuentra dónde meter la cara, porque el hijo o la hija no es lo que él creía hasta entonces.


Pero ¿por qué existe un divorcio comunicacional entre padres e hijos? ¿Será por la diferencia de edad o porque no se han establecido los lazos de confianza y respeto necesarios para analizar desde el problema más sencillo hasta el más controvertido?
A hablar se aprende escuchando; por tanto, la comunicación también se enseña y se educa. Los hijos no son juguetes: son seres humanos con personalidad, interrogantes, opiniones. Si no respetamos desde que son pequeños su individualidad y les mostramos el mejor camino para defender sus criterios y, por el contrario, les cerramos los labios con la autoridad que creemos poseer, porque para eso somos sus padres, quizá después no obtengamos su confianza para conversar sin tabúes sobre cualquier tema.
Y esto me hace recordar la historia de una muchacha a la que el padre, desde niña, siempre le decía: “confía primero en mí y después en tus amigas. Yo soy tu mejor amigo”. Pero cuando la muchacha llegó a la casa un día y le contó que un compañero de aula le había pedido que fuese su novia, aunque ella no aceptó, el padre la castigó una semana para que aprendiera la lección.


Entonces, después no valen quejidos ni lamentos si cuando tuvimos la oportunidad de explicar, de responder una duda, de escuchar y decir “no estoy de acuerdo”, “te equivocas” y exponer las razones; decidimos callar y reprender.
Existen muchísimas familias que han debido enfrentar eventos desagradables y hasta verdaderas tragedias con sus adolescentes que nadie puede explicarse, porque no repararon nunca que la comunicación fallaba.
Aún no es tarde. Este puede ser un buen punto de partida para sentarnos frente a nuestros muchachos y hablarles desde la sinceridad y el amor para conducirlos por el camino de un ser humano mejor.

 

 

 

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