El valor de la nobleza

Por Liudmila Peña Herrera
Alguien me pregunta si ha muerto la nobleza. Lo pienso un poco y una imagen vuelve, triste y persistente, a mi memoria. Una mujer, nerviosísima, buscaba en vano el dinero en su cartera. “Perdone, solo tengo tres pesos, dejé el resto encima de la mesa”, casi imploraba avergonzada en medio de un camión repleto de pasajeros. Bastó un segundo para que el cobrador le obligase a bajar del transporte porque aquello era “particular”. Por suerte, el gesto salvador de un hombre generoso, evitó que se quedara abandonada en el camino, quién sabe por cuánto tiempo.
La mujer solo atinó a agradecer y se mantuvo en silencio, mientras cada uno de aquellos hombres mostraba el desamparo sentimental y la generosidad de que somos capaces los seres humanos.
Nunca más los vi, pero a cada paso que doy me parece encontrarlos, reflejados en otras muchas acciones cotidianas. “Es culpa de la crisis de valores y los problemas económicos”, dicen casi todos para justificar cuando caemos en las trampas de vendedores engañosos, o cuando nos tienden la mano para sacarnos provecho después, o cuando nos damos tantos golpes intentando resolver problemas cuya solución está en manos de hombres y mujeres que se niegan a ayudar.
Pero, ¿cómo culpar al Período Especial por ser calculadores y fríos? ¿Por qué atribuirles a los problemas económicos la sordidez, la falta de solidaridad y de generosidad? No se trata de brindar lo que nos sobra, sino compartir lo poco que tenemos. Las limitaciones materiales no limitan la pureza del corazón.
Por eso, me niego a aceptar que esté muriendo la nobleza en nuestro país, aun con tantas debilidades económicas y problemas por resolver. Hace poco escuché a un padre señalarle al hijo, un adolescente de 15 años: “Tienes que tener más malicia, muchacho, a ti cualquiera te mete el pie”. Y el chico bajó la cabeza, sin atreverse a contestar. Y quién sabe cuántas cosas pasaron por su mente para que la próxima vez su padre no lo tomara por bobo.
Yo misma fui testigo, hace apenas dos días, de que la nobleza puede expresarse de formas tan disímiles como diferentes somos cada uno de nosotros. Esperaba a un albañil, un poco temerosa de sus precios. El hombre era consciente de mi desconocimiento acerca del tema, así que esperaba ver caer sobre mi casa la bomba de los costos, envuelta en explicaciones constructivas. Ah, pero para sorpresa y suerte mía, el hombre fue justo y no intentó confundirme.
Por eso me pregunto: ¿el noble no puede llevar adelante un buen negocio? ¿Será siempre una persona noble pobre y embaucada por todos? ¿Ser nobles es una desdicha o una fortuna?
Claro, cada cual tendrá su punto de vista, pero creo que aunque los precios suban y los salarios no aumenten, aunque la vida nos endurezca el caparazón que a todos nos hace falta para sobrevivir en los momentos difíciles… siempre debemos preservar los buenos sentimientos. Porque, ¿fue más rico aquel cobrador cuando le pagaron el resto del dinero? ¿Fue más pobre el hombre generoso por haber brindado el suyo?
Hay quienes confían en que “una mano lava la otra y las dos lavan la cara”. Pero esa no es bondad verdadera. Yo prefiero quedarme con un refrán que resume la generosidad, la honradez y la total ausencia de maldad porque solo así podremos ser más felices: “Haz bien y no mires a quien”.

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2 pensamientos en “El valor de la nobleza

  1. Como siempre Liudmila tus articulos reflejan los valores de los cubanos que vamos por esta vida cargando la verguenza de los errores de otros y compartiendo la felicidad de todos. Cuantas veces no hemos vivido situaciones similares a estas que describes?, muchas en el nuestro andar diario, nuestro reto es no solo trasmitir estos valores impresindibles a nuestros hijos, sinó a toda la sociedad, tu contribuyes a eso, gracias a ti y a las personas como tu, la nobleza seguira viva y no habrá forma posible de que sea sino un calificativo absolutamente positivo y enaltecedor.

    • Ya veo, Michel, que te cuento otra vez entre mis lectores, lo cual me hace muy feliz. Tienes mucha razón cuando dices que a veces debemos cargar con la vergüenza de lo que hacen otros, pero nos queda la tranquilidad, por suerte, de intentar ser mejores para sentirnos bien con nosotros mismos. Y esa es una de las maneras más clásicas de la felicidad.
      Otra vez te agradezco por acercarte a este espacio de Isla. Un abrazo.

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