La soledad de la incomunicación

Por Liudmila Peña Herrera
El muchacho volvía siempre a casa con la cabeza baja, como si el peso de un montón de problemas no lo dejase levantarla. Todas las tardes eran iguales: llegaba a destiempo, despeinado, el uniforme sucio… Y la madre no preguntaba. Estallaba en amenazas y palabras horribles gritadas al viento como para que todo el barrio supiese que allí mandaba ella, aunque en su interior guardara el terror de no entender qué pasaba con su hijo después que salía de la escuela.
No se sentaron nunca a hablar. Ella seguía gritando y se iba a la cocina y después al fregadero y luego veía la novela… y todas las noches se dormía molesta. Él se encerraba en su soledad, se culpaba a sí mismo por la ausencia del padre y una idea loca le iba ocupando la cabeza.
Así va llegando la muerte de las palabras y la desesperanza de la comunicación entre padres e hijos. Unos, desesperados, temerosos, inexpertos, sufren los problemas en silencio; y los otros, ocupadísimos con el trabajo diario, con el sostén de la familia, para que ese mismo hijo tenga alimento, calzado y vestuario, se olvidan de preguntar: “¿cómo te ha ido, mijito?”, “¿por qué esa cara tan triste?”, “¿cómo puedo ayudarte?”.
Decía una amiga mayor, hace un tiempo, que las generaciones de hoy somos privilegiadas porque existen menos prejuicios para, como ella dice, “hablar las cosas”. Ahora los padres se sientan con los hijos a conversar sobre sexualidad, adicciones, problemas psicológicos y hasta económicos. “¡Qué me cogiera mi padre hablando de eso en mis tiempos de juventud!”, cuenta ella.


Y aunque es cierto que hemos ido apartando tabúes de nuestra vida cotidiana, la verdad es que no hemos aprendido a comunicarnos mejor. Es más fácil culpar, castigar y hasta violentar a los chicos, porque “la conducta es desordena y hace falta corregirla”. ¡Eso en algunos casos! En otros, el padre o la madre se desentiende del asunto porque “la vida está muy dura para tantas preocupaciones. Que el muchacho se dé golpes y aprenda solo”.
Otros, mucho más radicales aún, se dedican a perseguir a los hijos, no duermen, desequilibran sus nervios, pero, al fin y al cabo, caen en la misma trampa de las palabras calladas y las explicaciones ausentes.
“Bah, yo le lloro un poquito a mami y a papi y mis problemas hacen así ¡ffffffffff! y desaparecen”, dice una muchacha muy hábil y con dotes de actriz. “Nada, que aprovecho las discusiones de mis padres para salvarme yo”, cuenta y se ríe satisfecha.


De aquí saco conclusiones “a priori”. Y digo “a priori” porque no tengo hijos aún, pero he vivido la experiencia de ser hija y de enfrentar contradicciones como todo adolescente o joven de estos tiempos. Poner a un lado los miedos, la vergüenza de hablar sobre cualquier tema, de aclarar dudas, de poner las reglas precisas antes de echar a andar el juego y explicar y escuchar y aceptar cuando son los jóvenes quienes tienen la razón; y regañar y conducirlos cuando no la tienen. Porque los padres no existen para garantizar solo el alimento. Esa, creo, es una función primaria. Pero la responsabilidad y el placer de brindar afecto y comprensión nos han sido envueltas con el mismo papel de regalo en el que nos obsequiaron la condición de seres humanos. Entonces, nada más hermoso que ver a los hijos sentados entre la madre y el padre, conversando y sonriendo, como en la mejor fotografía de los buenos recuerdos.

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