Elegía del lector prudente

Por Liudmila Peña Herrera
Le había regalado un libro y ella saltaba de alegría, reclamando que se lo leyesen. Le encantaban los dibujos y la gracia de las caricaturas, a tal punto que se aprendió muchos poemas y se dormía abrazada del cuaderno. Era el libro de Chamaquili, de Alexis Díaz Pimienta, un conjunto de historias protagonizadas por un niño que volvía a La Habana.
Hasta que un día se acercó muerta de la risa y me enseñó el libro hecho trizas: “¿Viste, lo rompí? Cómprame otro”, me dijo. Permanecí en silencio, mirándola con seriedad, para que supiese que no estaba de acuerdo. “¿Estás brava?”, preguntó. Y yo me puse a explicarle, como puede explicársele a una niña de tres años, que los libros no se rompen, que aquello era como pegarle a Chamaquili. Ahora me es imposible saber cómo fui yo a esa edad. Cuántos libros embarré de crayolas o descuarticé en secreto, sobre eso nunca me contaron mis padres. Pero sí recuerdo lo tortuoso que era dejar los libros a un lado para ayudar en los quehaceres de la casa, o cuando me los arrancaban de las manos para que me cepillara los dientes y desayunara, porque antes del amanecer ya estaba yo soñando entre corsarios y piratas, o embarcada en un submarino a miles de leguas de viaje, o buscando tesoros en islas desiertas, o enamorada en medio de un castillo tenebroso.
Después vinieron otros libros. Más “serios”, más de adultos, incluso antes de tiempo. Me escurría, todavía adolescente, por la sala de la biblioteca de mi pueblo, para encontrar las novelas francesas que tanto me embrujaban, aunque algún especialista dijera que aún no era literatura para mí. Eso lo comprendí después, cuando tuve que volver tras las mismas letras que antes había hecho mías.

Ahora, están de moda los iPod, los iPhone, los PSP (Play Station Portable) y todos los inventos inimaginables para escuchar música, reproducir videos, disfrutar de juegos y hasta para leer libros. Existen, incluso, los e-books, unos libros digitales que se pueden hojear en una pantalla por contacto. Pero aquí, creo, lo menos que se hace es leer gracias a estos inventos.
Hoy los chicos y las chicas parecen, ellos mismos, equipos electrónicos conectados a un cable que, a su vez, está conectado a un cuerpo. Y aunque la tecnología no necesariamente está reñida con la lectura, ya casi ninguno lee por el gusto de disfrutar de la ficción o de la historia verdadera. Ahora prefieren ver las versiones cinematográficas, revisar unos segundos alguna crítica de la obra (en el mejor de los casos) o leer el resumen que encuentran en las enciclopedias. Eso, cuando se trata de las tareas escolares. Pocos son (y por suerte quedan) los que permanecen horas y horas frente a las letras impresas.
Mucho ha de atribuírsele esta actitud a los padres, que prefieren regalar juguetes costosos o cuadernos de colorear o memorias flash o ropas, antes que buenos libros. Y es cierto que “vuelan” de los estanquillos ejemplares como “Corazón”, “El pequeño príncipe” o “Había una vez”. Pero hay que ver a dónde van a parar esos textos, si de veras los infantes los hojean y si sus mayores les acompañan en el divino momento de la lectura.
Porque leer no es sentarse frente a un libro a recorrer sus letras. Leer entraña la pasión de quien escarba tras cada frase, quien deja volar las ideas en la alfombra de la imaginación. No se trata de contar cuántos libros se han terminado en un mes y después no acordarse de los argumentos, los nombres de los personajes y la esencia de esos textos. ¡Cuántos errores ortográficos evitaríamos si leyéramos más! ¡Cómo podríamos opinar y participar en los diálogos inteligentes si fuésemos polillas de cuanto texto bueno apareciera ante nuestros ojos! ¡Cómo ayudaría que los maestros leyeran más y promoviesen el hábito de la lectura!
Otra vez la Feria del Libro viene a proponernos novedades literarias para todos los gustos. Esta puede ser una buena oportunidad para comenzar a ser un lector empedernido.

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2 pensamientos en “Elegía del lector prudente

  1. Que puedo deciirte ante todos los argumentos que expones para demostrar que hoy,ninos jovenes, y los adultos, ni decir, le dedicamos poco tiempo a la lectura:Real
    De ese autor, con mis nietos, alla en Cuba lei todos sus libros comprados tambien en la Feria del Libro. Como esa nina, de la que hablas, ellos tambien disfrutaban y reian y yo con ellos.Tanto fue. que hoy cuando cada dia les hablo por telefono les pregunto ya leyenron hoy? o que leyenron? Sobre todos al nieto porque la nina, ya casi joven, es mas amante a la lectura. El siempre me responde — Yo leo en la escuela.Se, no es suficiente pues, como dices lo bueno es ser polilla.Pero los tiempos cambian y, paralelo a e,l la sociedad y en esta los estilos de las familias, hasta de los maestro.Lo digo por experiencia.Muchos anos mi templo fue la escuela y ya en los anos de jubilacion, en las reuniones con los padres siempre escucha estas frases, de los padres, ante mis explicasiones de como crear habitos:Si profe pero es que no tengo tiempo……..

  2. Lamento decir que el bichito de la lectura viene y va, me pica, me deja un libro entre las manos, y a veces me lo quita. Otra marea diferente (que no inunda con tecnologías u otras pequeñeces) me ha alejado tantas veces de los libros… que en numerosas oportunidades me he encontrado en deuda con ellos. Yo, que fui un lector voraz en mi niñez, que empecé con la Ilíada a los 9 años y me llené de mitos antes de encontrar a Papillón en uno de sus escapes, y fui capitán con menos de quince años, y salvé a Paula para devolvérsela a su madre, y dormí a solas con el enemigo, y seguí el destino de un hombre que se transforma en un hombre de verdad, que llora y sabe lo que quiere de la vida. Los libros hoy me acompañan menos en estos tiempos de eterna impaciencia. Y de tu mano, con tus letras, amor, espero salvarme.

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