Los débiles hilos de la vida

Foto: Tomada de Internet

Para H, amiga eterna

Por Liudmila Peña Herrera

Está acostada, casi sin fuerzas. Me confundo inventando alguna frase feliz y ella se esfuerza por sonreír. Respiro y digo algún chiste o alguna anécdota. La voy diciendo despacio y muy bajito. No quiero que entienda mi tristeza, no quiero que sepa que pretendo tomar su mano fuertemente para aguantarla al presente, para que no se vaya. Pero temo. La veo tan débil, tan tranquila, que presiento que cualquier roce podría lastimarla.

Después descubro que no, que soporta el beso en la frente del esposo y las sacudidas tenues de la hija que la despierta a ratos. No quiere comer. No puede. Y nosotros no podemos entenderlo. La miro y la impotencia me nubla los ojos. ¿Qué fino hilo nos sostiene a la vida? ¿Cómo aprovecharla segundo a segundo antes de que nos llegue el fin?

No voy a preguntarme por qué unos sí y otros no. Por qué a unos más rápido que a otros. No es justo. Sería muy egoísta. Pero duele, no puedo negarlo. Duele verla así. Sin que sepamos a ciencia cierta qué siente, qué teme, qué piensa. Porque no dice mucho, apenas balbucea algunas sílabas que dan a entender sus necesidades básicas.

Entonces me quedo pensando qué hacemos con la vida, con ese precioso espacio de tiempo del que disponemos sin saber hasta cuándo. Pienso en el amor por la estrella fugaz que casi nunca se ve, por los amaneceres y los aromas de la flor; por la primera sonrisa de un niño y el aire límpido de los campos; por la familia y la armonía, por la satisfacción de la sinceridad y el deber cumplido; por una hoja que cae y el sabor de la fruta; por los versos, por el amor.

A veces camino y observo a mi alrededor cómo vamos de aquí para allá, como hormiguitas locas, cargando todo lo que aparece para alimentarnos día tras día, cómo a veces ni nos miramos a la cara, ni nos besamos, ni nos abrazamos, porque no hay tiempo, porque el tiempo es oro y el dinero se ha puesto malo. ¿No es verdad? Y en esos casos, siempre me pregunto si no estaremos desaprovechando un poco la vida.

Y en estos días, no puedo menos que remontarme a aquella cama de hospital donde una amiga se debate entre los tortuosos caminos de la muerte y la luz y la esperanza de la vida. Hace mucho tiempo que lucha, con una fuerza que nos deja sin voz a todos, para aferrarse al presente irremediablemente.

Pero no puedo pensarla enferma, inmóvil, a merced del tiempo y el destino. Jamás la imaginaré derrotada, porque la vi muchas veces reír a carcajadas por el chiste de un amigo, la sentí enamorada del trabajo, apasionada por su esposo, fanática de los detalles más sencillos y hermosos. Porque durante su enfermedad se ha aferrado a la lectura, a las clases de una rusa exótica que enseña cómo vivir mejor, aprendió a bordar y no dejó de hacer planes para el futuro.

Por eso, en estos días tristes en los que nos resistimos, los que la amamos, a decirle adiós, sé que su impronta de luz quedará por siempre entre nosotros porque la vida se nos ha dado para defenderla desde el amor, y porque, como leí recientemente: “El amor es la fuerza más humilde, pero la más poderosa de que dispone el ser humano”.

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Un pensamiento en “Los débiles hilos de la vida

  1. Hermoso testimonio y reflexión, Liud. Gracias por la serenidad que trasmite, estoy seguro en que igual se la habrás trasmitido a esa amiga; a veces, eso solo basta para transitar mejor los momentos difíciles.

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