El problema de envejecer

No he querido publicar fotos tristes, sino las que la lente de Ismael Franciso captó desde el cariño

Por Liudmila Peña Herrera

Cada vez que la miro me pongo a trazar líneas imaginarias en el mapa de los hondos surcos que ostenta en su piel. Es una viejecilla arrugada y campechana mi bisabuela paterna, quien crió una prole extensísima de hijas e hijos campesinos. A su lado, el adusto bisabuelo. Un hombre luchador en todos los buenos sentidos de la palabra: trabajador a carta cabal, enemigo de robos y marañas. Son una parejita de ancianos cómica y extraña, tan apegados a la tierra como las plantas que una vez, hace muchísimos años, sembraron juntos. Son dos de mis ancianos más queridos, quizá porque me siento profundamente unida a ellos. Será porque encuentro explicación de mi presente en el pasado que forjaron juntos.

Por eso, no encuentro razón humana comprensible que me haga entender por qué hay un hombre o una mujer de cabellos grises o blanquísimos abandonados a su desdicha en un sillón de una casa o en una esquina del portal. Por qué para una gran mayoría, la sorpresa final de la existencia es vivir la soledad rodeado de personas.

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Por qué después de que las fuerzas fallaron, o la salud empezó a resquebrajarse, o el aporte económico dejó de ser el mismo, aquel hombre o mujer que podrán ser padres, tíos, abuelos, bisabuelos… empezaron a ser una carga demasiado engorrosa para sus seres queridos.

Por ahí andan esas mujeres y hombres tristísimos, cargando soledades por las calles de la ciudad, deambulando, ahogándose en los hedores y el alcohol, probando los bancos de los parques o las terminales, sufriendo la humillación de la humanidad. Por ahí andan otros, rodando de casa en casa de algún familiar porque ya no pueden sostenerse solos y alguien les hizo “el favor” de usurparles su casa y mandarlos también a deambular por las de quienes aceptan tenerlos una semana, dos, un mes. 

Ah, y están el maltrato físico y moral, el irrespeto a sus capacidades, el olvido de sus necesidades higiénicas y de salud, la subvaloración de que, porque son muy viejos, no necesitan calzar, vestir, alimentarse bien. Y lo peor, porque son viejos, no necesitan tantos mimos ni tanto cariño.

Ahora recuerdo a una mujer con Parkinson a la que su hija dejó a merced de la misericordia del vecindario y se fue a trabajar y a vivir a una provincia lejana. Sé también de un señor que murió bajo el techo oscuro de la noche, abandonado por los hijos de una mujer a los que había brindado su cariño.

Es una vergüenza que esto ocurra en cualquier ínfimo rincón de nuestra isla. Porque uno de los principios más importantes que enseña la Revolución a nuestro pueblo es el del respeto a la dignidad plena del hombre. Y yo no encuentro esa dignidad en quien permita semejantes descalabros humanos. Es una cuestión de sentimientos, de humanismo y de educación, claro. ¿Porque dónde han estado los valores que deben forjarse en el seno de la familia? ¿Qué papel juega hoy la educación escolar en el respeto a los ancianos? ¿Cómo influyen las organizaciones políticas y de masas para revertir el fenómeno? ¿Dónde han quedado el honor y la vergüenza humanas?

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Muchos me dicen que es culpa del pasado, algo así como recoger hoy lo que sembraron ayer. Y no lo dudo. Porque es cierto que en la casa es donde primero aprendemos sobre los valores y el respeto humanos, porque son nuestros padres los que enseñan con su ejemplo cómo debemos ser nosotros en el futuro. Es verdad, pero tampoco justifica.

Me duele creer que en este siglo el ser humano sea tan duro, tan ciego sentimentalmente, como para permitir semejantes atrocidades.No tengo estadísticas; pero sé que no estoy hablando de uno o dos casos aislados.

¿La economía, los problemas salariales, los horarios laborales, la familia que no ayuda? También. Y es cierto que habrá que buscar alternativas para que hombres y mujeres en edad laboral no deban perder sus empleos por hacerse cargo de sus padres, abuelos, tíos… Pero nada justifica el abandono y hasta la violencia. Nuestros ancianos son nuestros, no de ningún sistema u organización social. Y tanto me preocupa porque el país envejece y hemos de ir cambiando el pensamiento, preparándonos para asumir el cuidado de nuestros familiares, pero por sobre todas las cosas, revisarnos por si hay algo que sabemos nos nubla el sentimiento.

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4 pensamientos en “El problema de envejecer

  1. Bellas fotos Lui, y un hermosísimo texto les acompaña. Lo he disfrutado, como nieta a la que apenas queda un abuelito, y muy lejano, a mi gran pesar. Tienes muchas razones agrupadas aquí, nos debemos al cuidado de nuestros mayores, y ese deber debe ir mezclado más con amor que con razón u obligación. Gracias por las lecciones.

  2. Porque tengo abuelos que disfruto y porque me duele saber que un día no estarán más, por eso me ha llegado mucho tu texto, Liudmila. Un beso grande a la sensibilidad y también a la indignación.

  3. Nuestros viejos son nuestros, como dices. ¿Sabes, L? Me gustaría ver tus canas en mi almohada, y que tú mecieras las mías… Te beso cada palabra razonable, cada sentimiento que hoy parece más negado que nunca, como si fallase el código genético que nos manda, por fortuna, a dar amor.

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