Astucias de un caminante

Fotos: Tomadas de Cubadebate

Fotos: Tomadas de Cubadebate

Por Liudmila Peña Herrera

No, no, no, yo ahí no me subo. Hace tiempo que no monto guagua ni camioneta por gusto”, me dijo con la más completa tranquilidad aun cuando la hora apremiaba. “Pero…”, intento insistirle. “Ya te dije que no. A mí me sube la presión y yo no puedo alterarme”.

Me ocurrió hace unos añitos en la “caliente” ciudad de Santiago de Cuba. El muchacho caminaba todos los días a donde tuviera que ir, y lo hacía bien rápido: “así hasta fortalezco el corazón”, justificaba.

En aquel momento lo entendí como obstinación o capricho de alguien que quería pasar por diferente. Pero ahora, cada vez que el reloj apremia y la parada llena de gente me dice: “la guagua no va a aparecer, y si aparece, o empujas o te quedas”, empiezo a sentirme obstinada y caprichosa.

A veces monto por detrás (porque el “chófer” cobra y lo admite o porque tengo la suerte de estar justo unos metros antes de la parada, donde la guagua sí para). Entonces, el Pepe Grillo de ciudadana consciente me dice “no lo hagas: por detrás no se monta”. O “no empujes, chica, eso es de animales que no razonan”. Pero el tumulto de hombres y mujeres en pugna por la baranda, los manotazos, la gritería, los niños en medio, el tiempo que corre… todo se confabula para que hasta el más culto de la sociedad (que no tenga carro, bicicleta o hasta patines, por supuesto) participe en la tragicomedia de abordar un ómnibus urbano.

Ya arriba, si mi bolso no fue “agraciado” por alguna mano descaradamente cleptómana, puede que hasta me divierta. Y divertirse es una especie de masoquismo cínico, porque quién puede hacerlo dentro de una cafetera de gente a punto de explotar.

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Ah, es que la guagua es como una radionovela: no puedes ver lo que pasa, pero, por lo que escuchas, te imaginas un mundo mucho más atractivo de lo que en realidad es. “Vamos, rubia, córrete que el medio está vacío”, dice el conductor cuando en verdad caben cinco o seis personas, aunque en el límite del espacio personal de cada cual. “¡Qué más nos vamos a correr, este hombre está ciego!”, exclama la rubia y da dos pasitos hacia adelante. “¡Caballero, que aquí hay un niñoooo!”, grita una mujer con las venas del cuello a punto de estallar. “Cómprate un carro si quieres comodidad”, responde desde el fondo un señor de cara ácida.

El ambiente se va poniendo tenso. Y yo miro para atrás, porque entre el sudor del brazo de la mujer de la derecha, el hombre-tabaco que respira a mi izquierda, la mano que no me alcanza para sujetarme, uno de mis pies apoyado y el otro de puntillas, siento un órgano que no es mío instalarse en la parte trasera de mi cuerpo. Y como tantas historias no pueden ser inventadas, me viro instantáneamente y descubro que es el bolso de una señora lo que se ha apostado detrás de mí. Respiro aliviada y continúo escuchando.

La guagua hace un brrrrrrrrrr y se detiene: “La parada del parque, caballero”, vocea el chofer. Bajan cinco o seis personas y suben ocho. “Pero qué se piensa el abusador este, ¡aquí no cabe uno más!”, protesta la misma mujer que rezaba porque el ómnibus la recogiera aunque viniera repleto.

Por eso la parada muy bien pudiera convertirse en una consulta de psicología, porque mientras se está en ella, prevalece una idea: “que pare, que pare, cómo no va a parar si todos necesitamos irnos, y siempre cabe uno más”. Ah, pero cuando se está arriba… ahí sí que protestamos, nos agarramos con fuerza, y ¡ay de quien pretenda que nos corramos! ¡Ni hablar de brindarle el asiento a una embarazada, un anciano o algún padre con un niño…! En la guagua, casi siempre prevalece la ley de la selva.

Pero en el afán por llegar temprano, evitarnos largas caminatas y cuidarnos de la “mordida económica” de bici-taxistas y cocheros, olvidamos una cuestión elemental de seguridad: estos medios de transporte tienen una capacidad límite y ese descuido puede acelerar su deterioro y generar consecuencias tristísimas para los seres humanos. Tampoco hemos de olvidar que años atrás no se podía hablar de “rutas”, sino de algunas “guaguas” que cubrían una pequeña parte del territorio.

Bien, hasta aquí el problema. ¿Y la solución? Por desgracia, no la tengo, porque ni de una bicicleta dispongo para brindar “botella”. Y que conste, la experiencia de mi amigo santiaguero es solo un ejemplo. En mi caso, siempre que puedo me monto, escucho la guagua-novela e imagino la crónica que algún día escribiré sobre el tema.

 

 

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