Pato con ínfulas de perro

Mi hermano y Chami, los dos en su niñez

Mi hermano y Chami, los dos en su niñez

Por Liudmila Peña Herrera

Era pequeñito cuando lo trajeron a casa. Un patito común que se robó la atención de casi toda la familia –y digo casi porque no me hacen mucha gracia los animales con plumas-. Mi hermano lo adoraba y no sé por qué extraña coincidencia, de un día a otro empezó a llamarse Chamizo, como un personaje peculiar de una telenovela cubana.

Chamizo para aquí y Chamizo para allá. De tanto llamarlo Chamizo –o Chami, cariñosamente- el pato adolescente empezó a entender por su nombre y cada vez que le llamábamos venía a respondernos con el CUAC CUAC más cómico que se haya visto.

Al Gaby (nuestro primo) le enamoró desde el principio, a tal punto, que nos robaba el pan del desayuno para alimentar al pato. Por su parte, mi hermano le hacía comer de su propia mano y hasta le besaba el pico.

Pensábamos que tenía más vidas que el gato, porque varias veces burló la muerte: por mordeduras de un perro, por atragantarse con pedazos de carne, por tristeza o desgano… y el pato, después de muchos cariños y unas cuantas vitaminas, siempre revivía.

De adulto, parecía un verdadero perro. “Solo le falta ladrar”, decía mi mamá, porque era inconcebible que solo dijésemos en voz alta “Chami, Chami” y el pato viniera corriendo a comer pan mojado en café o cualquier otra chuchería que le tuviese la familia. Y si le enseñábamos el trozo de pan, se quedaba quietecito, mirándolo con la cabeza alzada, como intentando recibirlo en el aire.

A mí, para ser realmente sincera, me simpatizaba de lejos, sobre todo de joven, porque solía perseguir a cuanto humano se encontraba delante y agarrarlo a picotazos. Pero de viejo se le viraron las patas y caminaba como Chamizo el gambao. Y ahí me dio por cogerle más cariño, quizá porque se hizo un poco más dócil, más gracioso y hasta más goloso. ¡Cómo comía ese pato!

Y aun de viejo no renunció nunca a fajarse con el perro, a tratar de arrebatarle la comida. Claro, nunca le ganaba. Lo de la fuerza bruta no iba bien con él.

Hace una semana Chamizo decidió marcharse, si es que los patos deciden eso. Estuvimos todos tristes el día en que amaneció y nos dimos cuenta de que Chamizo ya no podría nunca jamás embobecernos con sus ínfulas de perro. Hasta yo, miedosa de sus picotazos, extrañaré a ese bendito pato.

 

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2 pensamientos en “Pato con ínfulas de perro

  1. Que grande Ese pato! Que logró que todo pato, blanco y de pico amarillo se llamara “chamizo” Que tristeza pero me da mucha satisfacción el haberlo conocido y ser una más de sus fans! RIP chami!!

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