La clase y los #derechoshumanos

Caricatura tomada de Internet

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Por Liudmila Peña Herrera

Estoy parada frente a la clase, escuchándolos hablar. Me encanta este grupo de chicos y chicas preocupados por su país y su futuro. Me encantan todos porque les miro y parece como si el aula fuese una Cuba pequeña. Blancos, negros, mestizos, mujeres, hombres, creyentes, ateos, agnósticos, del campo, de la ciudad, de las montañas… el ajiaco perfecto del que hablara don Fernando Ortiz. Me encantan porque con ellos aprendo más de lo que pudiese yo enseñarles.

Hoy hablan de religión y periodismo. Así lo han pedido y les complazco. No está dentro del programa, pero para hacer buen periodismo no creo que haya un programa predeterminado.

Sé de antemano lo serio del asunto por lo amplio y controvertido del tema y porque soy consciente de que todos tienen criterios diversos. Pero mis temores se desvanecen cuando les escucho hablar con tal seriedad como lo hicieron cuando debatimos sobre ciencia, economía, cultura y deporte, así como su relación con la profesión por la que viven y sueñan en la universidad.

Me doy cuenta de que la mayoría conoce las fronteras del respeto, de la tolerancia y la comprensión. Bien saben que partimos del presupuesto de que todo ser humano debería poder expresar libremente lo que piensa y, por tanto, intentamos alejar del aula cualquier tipo de discriminación. Sin saberlo, esos muchachos me están dando la solución que necesito para dialogar con ustedes sobre derechos humanos.

Termina la clase y estoy en la parada de la guagua. Una mujer sale del Hospital Clínico-Quirúrgico hablando de alguien que se aferra a la vida porque no es justo morir tan joven, porque “no puede abandonarnos cuando tanto le queda por hacer”. Entonces imagino a los médicos que luchan junto al moribundo para no verle partir. A mi lado, una muchacha acaricia la panza inmensa donde le late otra pequeña existencia, habla de sus planes y asegura odiar las interferencias ajenas, esas que no le dejan tranquila cuando irrumpen en su casa sin que nadie las invite.

Así, mientras recorro la ciudad, van pasando ante mis ojos las historias que necesito para ejemplificar por qué en Cuba celebramos orgullosos cada 10 de diciembre el Día Internacional de las Derechos Humanos. Mientras tardo en llegar a la redacción de este periódico, pienso un poco acerca de cuánto sabemos nosotros sobre el tema; si de veras conocemos los 30 principios que sustentan la Declaración Universal de los Derechos Humanos, básicos para convivir en paz en cualquier parte del mundo; y por qué Cuba defiende tanto el trabajo realizado, cuandola ONU debate sobre su cumplimiento.

Para una gran mayoría de personas estos no son más que cuestiones de política, quizá por desconocimiento o porque en casa muy pocas veces se toma en cuenta la individualidad de cada ser humano y los derechos y obligaciones que adquiere en el mismo instante de nacer.

Es cierto que los gobiernos son responsables de que se cumplan en sus países, se tomen en cuenta en sus relaciones diplomáticas y formen parte de la ley; pero entre los derechos inalienables que nos pertenecen tanto como nuestra propia identidad, están el de la vida, la libertad, la no injerencia de otros en nuestra privacidad, la no discriminación por sexo, raza, creencia religiosa, procedencia social o estatus económico, el elegir la residencia, el esparcimiento sano, la libre expresión… Y no es este un tema pueril que deba soltarse al azar, como para que el viento resuelva cuál es el mejor camino para ellos.

El respeto de todos ellos también es una cuestión social. Y aunque tenemos mucho que enseñar al mundo, no hemos de creer que todo está resuelto. Por ahí andan mujeres tristes y despintadas porque los celos masculinos no les dejan libertad; trabajadores y estudiantes que ocultan lo que piensan para rehuirle a los conflictos; hombres y mujeres que silencian sus preferencias sexuales; personas llenas de tabúes y machismos, gente que no entiende bien cuáles son sus derechos…

Por eso, mucho ha de trabajarse aún desde las escuelas, las comunidades y los hogares en la educación para lograr una convivencia donde prime el respeto ajeno. No basta con la voluntad gubernamental: hace falta la conjunción de instituciones públicas y el empeño de todos los ciudadanos de buena voluntad, porque es precisamente la ley primera de nuestra república, la lucha por “la dignidad plena del hombre”.

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