“El secreto es el asombro”

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Luego de un año de trabajo como corresponsal del Sistema Informativo de Cuba en Haití, Abdiel Bermúdez Bermúdez acaba de merecer el Premio Nacional Juan Gualberto Gómez, que otorga la Unión de Periodistas de Cuba por la obra del 2013.

Acerca de sus experiencias en la nación caribeña, su manera de asumir el periodismo y sus planes para el futuro, conversó el reportero con Poesía de Isla

Por Liudmila Peña Herrera

Camina por las calles holguineras con prisa, como si tuviera muchos asuntos y poco tiempo. Aunque quisiera, no logra pasar inadvertido. Algunos se le quedan mirando, pero no se atreven a saludar. Otros le gritan: “¡Periodista, buenos reportes los de Haití!” y las señoras más desinhibidas le detienen y hasta le plantan un beso. Tiene carisma para tratar con el pueblo, quizá porque sus raíces nacen del este mayaricero, apegado más a la sencillez de los poblados tranquilos que a las vorágines citadinas.

Abdiel Bermúdez Bermúdez –como firma sus trabajos para honrar a ambos progenitores– está más acostumbrado a preguntar que a responder. Pero esta vez le ha tocado el banco del “cazador cazado” y conversa sobre sus experiencias en Haití y la sorpresa del último premio conquistado.

Durante una de sus coberturas en Haití, entrevistando a Michel Martelly, presidente del país caribeño

Durante una de sus coberturas en Haití, entrevistando a Michel Martelly, presidente del país caribeño

¿Crees que Haití cambió tu forma de hacer periodismo?

El periodismo que hice en Haití no fue tan diferente al que hacía antes en Cuba. Cuando llegué cambiaron los escenarios, las condiciones de trabajo, los entrevistados. Empecé casi desde cero a buscar historias para contarlas a mi modo. Trabajé con un camarógrafo pinareño, Carlos Rafael Rojas, y Alfonso Ojeda, un editor guantanamero. A ninguno los había visto antes, pero logramos ser un buen equipo de amigos. Puede que un año en Haití me haya madurado un poco, pero mi manera de hacer periodismo, ya sea por el estilo, por el sentido humano de las cosas o por la emoción, sigue siendo la misma.

¿Cómo organizabas el trabajo en función de darle cobertura a una realidad que no conocías?

En un país extranjero la ayuda viene de todas partes. Que no conociera a la gente ni dominara el idioma, lo hizo todo más complicado en un inicio. Después me adapté, aprendí a comunicarme y descubrí otras fuentes de información: a los haitianos con los que conversaba en calles y hospitales, y a los cubanos que laboran allí. Colegiaba mis intereses informativos con los de la Embajada, los sectores de la colaboración cubana que también quieren verse reflejados, y el Sistema Informativo en La Habana. Me trazaba un plan de trabajo semanal y hacía la cobertura. Pero tenía una independencia que, lo confieso, ahora extraño.

¿Por qué crees que el pueblo cubano ve a Haití simplemente como un pueblo dolido, pobre?

No solo el cubano: para el mundo entero Haití es un infierno, y no es verdad, aunque la pobreza sea inmensa. Al haitiano no le gusta que lo filmen. Ellos dicen que los medios internacionales se han hecho ricos grabando sus desgracias. De hecho, hubo quien pensó que mi misión era una especie de “castigo” porque me habían mandado para Haití, pero nadie imaginaba que hubiera fiestas populares como el Carnaval de las Flores, o que los niños fueran a la escuela con sus uniformes escolares y los zapatos impecables. Asistí a cumbres que jamás se habían hecho allí. Hay gente que dice que mostré un país diferente, pero fue eso lo que me tocó vivir.

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¿Cómo la población valora la presencia del cubano en Haití?

Los cubanos, étnicamente, nos parecemos mucho a los dominicanos. A veces, cuando íbamos por la calle, nos preguntaban: “Ou Dominikèn?”. Y uno contestaba: “Non, mwen Kiben” (No, soy cubano). Entonces les cambiaba la cara, y nos decían: “Kiben an, bon bagay” (El cubano es buena persona). El haitiano sabe lo que hace el cubano en Haití, sobre todo por el impacto que ha tenido el trabajo de la Brigada Médica desde 1998.

¿Cuál es el suceso más doloroso que recuerdas de ese país?

Que un niño se me acercara tocándose la barriga con las manos y diciéndome: “Grangou” (mucha hambre). No olvido a un pequeño de dos años quizás, que me dijo en perfecto inglés: “Hungry” (Hambre), porque sabía que yo era extranjero. Ni tampoco a otro que limpiaba parabrisas por solo cinco gourdes y me dijo que trabajaba porque sus padres habían muerto en el terremoto. A veces es verdad, pero otras tantas es una frase aprendida para ganar dinero.

Existen puntos de contacto entre algunos de tus trabajos en Haití y otros que habías publicado en Cuba, como el de la bandera y el de los uniformes. ¿A qué se debe la persistencia de esos símbolos en tus reportes?

Yo aspiro a mejorar el hombre que soy, como el Ti Noel de Carpentier, y eso implica seguir mejorando mi país. Humanamente, sentí envidia de ver un Haití lleno de banderas en los lugares más insospechados: encima de una motocicleta, en un tap-tap (guagua)… en todas partes. Yo quiero ver eso también en Cuba, como quisiera que nuestros niños cuidaran sus uniformes y los vistieran con gracia, como lo hacen los niños haitianos aunque vivan bajo una carpa. ¿Por qué vi un respeto en Haití que a nosotros nos cuesta tanto? Solo intenté mostrar cuánto podemos aprender.

Muchos de tus reportes llevan un matiz de crítica social, ¿extrañaste el ejercicio de la crítica durante este último año?

La extrañé, claro. No fui a hacer crítica. Mi trabajo consistía en develar cuanto hacen los cubanos allí, y cuáles son las esencias histórico-culturales de esa nación. La crítica periodística quedó guardada para cuando volviera a Cuba. En esos trabajos de los que te hablaba antes, sí iba implícita una crítica subliminal. Creo que mucha gente inteligente se dio cuenta, o sin percatarse de que la había, pensaron en lo que yo remarcaba, porque el periodismo también sirve para hacer pensar.

Aunque tu trabajo fue bien recibido por el público, a algunos llamó la atención que no te refirieras a temáticas que caracterizan a la cultura haitiana, como la práctica del vudú. ¿Regresaste con alguna insatisfacción profesional en particular?

Hubo trabajos que quedaron para la historia y otros que, a mi modo de ver, quedaron para el olvido, porque pudieron ser mucho mejores. Tengo varias insatisfacciones. Fueron doce meses y sin embargo no hice todo lo que quería. No grabé el reportaje sobre el vudú, porque los “brujos” creían que íbamos a satanizar esa práctica religiosa, y no nos dejaban filmar. Quise escribir sobre el palacio de las 365 puertas, en Gonaïves, y sobre entierros que parecen una fiesta porque allí se venera a la muerte, pero no pudo ser. Supongo que otros periodistas lo contarán.

Detrás de una profesión exitosa casi siempre hay renuncias. ¿Qué sacrificas tú en función del periodismo?

A veces el periodismo me quita tiempo para estar con la gente que quiero, porque uno trabaja todos los días. Irme para Haití, por ejemplo, implicaba un sacrificio que no todo el mundo supera. Partir siempre deja esa sensación de que se está abandonando algo y nos puede costar. Se puede estar sacrificando el volver a ver a un familiar, el que sobreviva una relación amorosa. Pero hice lo que tenía que hacer: trabajar, que es el mejor antídoto contra la nostalgia, y hacerme presente de algún modo.

Alguien a quien respetas mucho te sugirió que no concursaras demasiado; sin embargo, lo has seguido haciendo y la prueba es este reciente Premio Juan Gualberto Gómez. ¿Qué te motiva a concursar?

Competir es probarse a uno mismo; no porque un jurado tenga toda la verdad en su mano, sino porque es una manera de legitimar lo que uno hace. Otras veces he estado movido por la oportunidad económica que ha representado un premio, algo que tampoco se puede desechar. Pero el Juan Gualberto es especial, porque es fruto de un esfuerzo colectivo, como casi todo lo que se hace en televisión, y porque lo ganamos desde Haití, contando historias que nacieron del asombro. Ese es el secreto de todo: el asombro.

Mucha gente comenta que te vas para La Habana, para Telesur… ¿De verdad te vas de Holguín?

Nadie sabe lo que va a pasar mañana. La gente me pregunta si estoy de vacaciones o cuándo me llega la próxima misión. Luego de vivir una experiencia así, uno desea seguir probándose en otros escenarios. Pero para qué hablar de partida si estoy acabando de llegar y solo sé que tengo mucho trabajo por delante a partir de ahora. Por el momento… en Holguín.

 

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2 pensamientos en ““El secreto es el asombro”

  1. Las preguntas tan buenas como las respuestas. Felicidades Abdiel, por otro premio a la lista, y felicidades, Liu, que estás premiada aún en el anonimato. Me enorgullecen. Muchos besos

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