POLICROMÍA DE PUEBLO

primero de mayo

Por Liudmila Peña Herrera

No creo que exista festejo nacional en Cuba que junte tanto regocijo popular, compromiso político y masividad multicolor como el Primero de Mayo. Hay gente que apenas duerme la noche anterior alistando los últimos detalles del desfile, coordinando la transportación, preparando las pancartas… Hay otros que hacen como las gallinas (o los gallos): se acuestan temprano porque los despertadores darán “el de pie” unas horas antes de lo acostumbrado.

Me gusta llegar a la Plaza con las últimas sombras de la madrugada, para ver cómo el sol va destapando el brillo de los carteles, las tonalidades de los uniformes o los pulóveres; una multitud que se agrupa o camina hacia diferentes lados, reuniéndose con los colegas de trabajo o conversando con amigos a los que solo en eventos de este tipo consiguen saludar.

Llegué a pensar que este año sería distinto, porque a la lluvia también le dio por madrugar. Pero encontrar a combatientes como Delvis Carrera, Rolando Guzmán y Rubén Batista, con cerca de siete décadas de entrega a la Revolución, entre los primeros que esperaban el comienzo del desfile mientras hablaban de su fe en la juventud, me hizo olvidar la llovizna y los estornudos posteriores.

Aseguran los entendidos en cálculos y multitudes, que a la Plaza Mayor General Calixto García acudieron este jueves 203 mil 400 personas. Más allás de las cifras, me maravilla la poética de un niño que sostiene una banderita tricolor, mientras se chupa un pulgar encima de los hombros de su padre; o los “milicianitos” Yamel y Samantha, de tres años, quienes no conocen de guerras ni estallidos de bombas, mas se divierten con sus uniformes, como en una gran feria de disfraces.

Esta es una fiesta de pueblo. Por eso la gente salta, grita, ríe y hasta trae al perro para que participe. Vienen personas de todas las edades, algunas ya cumplieron su compromiso laboral y ahora descansan, pero se juntan a los trabajadores para disfrutar porque no pueden esperar a ver el desfile por la televisión o a que el periódico y la radio les cuenten su pedacito.

Hay carteles de todo tipo. Están los tradicionales, que hablan de unidad, eficiencia y compromiso; los que recuerdan a los héroes, los que identifican a cada uno de los sectores… En alto, los trabajadores llevan banderas, globos, sombrillas…

Un payaso sonríe a las cámaras, una niña con gafas de corazones mira a la presidencia desde detrás de sus cristales rosados, una especie de muñecones representa al Teatro Guiñol, una casa de dos pisos camina como en las historias infantiles y hasta una gallina y un tomate de papier maché se mueven en el aire sin que desde lo lejos podamos distinguir quién es el autor de una danza tan extraña. Cientos de palomas baten alas y el desfile continúa.

En los últimos tiempos, han cambiado muchos aspectos en la economía de la Isla. A la clase trabajadora aún nos faltan muchos anhelos por conquistar en una Cuba que aspiramos superior, donde cada cual obtenga los frutos de su verdadero esfuerzo. Pero en este día de celebración, quienes llegamos a la Plaza no lo hicimos con el fin de contar los peldaños que necesitamos alcanzar, sino para ratificar la disposición de contribuir, cada uno desde el sitio que le corresponde, a la transformación del futuro del país. 

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