HUMOR EN CLAVE DE DOS

Fotos: Reynaldo Cruz

Fotos: Reynaldo Cruz

Con 19 años de creado, el dúo humorístico holguinero Caricare, integrado por Mireya Abreu y Onelio Escalona, sumó este año dos premios y una mención a su currículum en el Festival Nacional del Humor Aquelarre 2014.

Acerca del amor, el humor y otras cuestiones y contratiempos conversó esta pareja de artistas.

Por Liudmila Peña Herrera

Mireyita le observa mientras habla y sonríe. Onelio no para de contar y, por momentos, creo que será difícil lograr paridad entre sus diálogos: ella es extraordinariamente tímida y él, un “cuentero” por excelencia. Dejo fluir la conversación –a veces en broma y otras en serio–, y poco a poco brota la historia del dúo humorístico Caricare, que nació “bajo los efectos del amor”.

Mireyita era económica, pero necesitaban una actriz en el grupo Gilaya, se presentó y allí nos encontramos. Ah, pero cuando me doy cuenta, ella me estaba enamorando. Me resistí un poco, claro…”, cuenta Onelio, remarcando su acento guajiro, y deja la frase en suspenso: le interrumpen las carcajadas de la esposa. Él permanece inmutable y continúa:

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En los ‘90, yo trabajaba como comediante en los clubes de las FAR y el MININT y ella iba conmigo, pero no actuaba. Allí todos llevaban a alguien porque a la hora de comer resolvían un problema, pero lo prohibieron. Entonces le pregunté: ‘¿Tú sabes tocar maracas?’. No, pero aprendo –dice con voz fina, imitando a Mireyita–. Al día siguiente debutó tocándome las maracas –subraya y todos echamos a reír. Todos, menos él, que simplemente esboza una sonrisa–. Así surgió el dúo”.

Pero Caricare no fue el nombre original, sugiero, y Onelio cuenta que el inicial fue Matagusano y que la prensa los criticó por aquella definición grotesca. “Encontré que el término caricatura venía del verbo italiano caricare, que significa cargar un peso o emprender una carga contra algo. Y como el humor que cultivamos es la sátira, me pareció ideal el nombre”.

La sátira señala y hasta condena los problemas. ¿Pero ayuda a resolverlos?, pregunto y los ojos les brillan. Mireyita intenta decir algo, pero Onelio la interrumpe: “Hay quien cree que hacer sátira social es pararse frente a un escenario y decir cuatro tonterías. Con ella no solo se busca la sonrisa o la carcajada del público, sino hacerlo pensar con el ánimo de superarse a sí mismo. No existe algo que ayude más a señalar problemas en una sociedad que el humorista. Eso ha traído como resultado que el artista satírico tenga que padecer millones de sinsabores”.

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Intento saber entonces si les han cerrado puertas o limitado oportunidades y la respuesta, seriesísima, traduce el modo de apreciar el humor en otra época. “Siempre nos han abierto los puertas de algunos lugares, para después hacernos preguntas difíciles dentro -vuelve a responder Onelio en tono burlón-, pero eso es parte del pasado. Cuando empezábamos nos cuestionaron ideológicamente; después, los problemas de los que hablamos se agudizaron tanto que los señalamientos quedaron chiquitos.

Según cuentan, Mireyita lo deja tranquilo para que escriba, porque no le gusta que lo molesten. “Mientras, resuelvo cosas de la casa y cuando tiene un esbozo, me llama para consultarme”, comenta ella.

Entre anécdota, frase picante y sonrisa, insisto en conocer cuál de los dos hace reír más al otro. Jamás sospeché que en casa de humorista, se riese tan poco. “La gente siempre idealiza a los artistas -asegura Onelio, y Mireyita termina la frase: “Creen que uno siempre está riendo, pero tenemos los mismos problemas que cualquiera. Incluso, como somos un matrimonio, vivimos fajados porque a veces estoy haciendo cualquier cosa y, ya cansada, no quiero ensayar a una hora determinada…” “Ella querrá decir a ninguna hora determinada” -interrumpe Onelio con mofa y las dos nos echamos a reír.

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Inquiero entonces si humor y amor van de la mano y se miran, cómplices. “No le recomiendo a nadie que vincule el trabajo con…” -empieza Onelio, pero ella le interrumpe: “A veces se pierde la frontera…” Y él no la deja terminar: “Se pierde como en las guerras: hay bombas, coctel molotov, armas blancas”.

Mireyita acepta que es difícil, pero llevan 19 años juntos. Y Onelio remata, incapaz de estar callado: “Difícil al cubo, multiplicado por el quincuagésimo al cuadrado, más la cotangente de difícil”.

Lejos de casa y frente a todo un público expectante, este matrimonio tiene sus secretos, porque la clave para el éxito (o sea, la risa) es tener en cuenta las posibilidades de cada uno en el escenario. “Mireyita tiene algunos agudos y canta. Por su estatura posee facilidades físicas imposibles para mí. Cuando pienso los personajes, creo contrastes que se presten para situaciones cómicas. Como ella no es muy dada a dialogar con el público, mi estilo es conversacional, y desde una supuesta seriedad, como si el objetivo no fuese hacer reír”, comenta Escalona.

En las canciones, Onelio escribe la letra y ella da el visto bueno. “Yo escribo y ella me corrige la ortografía”, dice él y Mireya puntualiza: “Le digo lo que no me gusta, lo que sé que va a funcionar o no. Él hace la música; y entre los dos creamos los efectos o la editamos”.

Después, Onelio se queda pensando y, sin que nadie pregunte, habla de la influencia del entorno donde crece el artista y cómo perdió tiempo de leer y de acumular una cultura general que luego necesitó para escribir sus textos.

Nací en un monte de Granma y todo el ambiente que giraba a mi alrededor era de gente borracha que se hacía acompañar de unas guitarritas. No eran buenos músicos, por eso tengo el oído atrofia’o -se burla y nosotros reímos-. Parece que vine al mundo para tener gente atravesá, por eso es que me ha tocado una suegra que es lo más atravesá… -dice casi deletreando y mira el rostro de la esposa, que ríe más que cualquiera de nosotros.

Todo lo que me digas lo voy a escribir ­-le advierto. “Di lo que tú quieras”, responde él. Y Mireyita, que no puede más de tanta carcajada, atina a balbucear: “Menos mal que ella no lee el periódico”. “Tú me ayudas ahí”, me pide Onelio sonriente y yo comienzo a sospechar que es mejor cerrar la agenda y apagar la grabadora, porque en cuestiones de humor (o de amor) ni la prensa se debe meter.

 

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