Mi vecino Mikelino

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Liudmila Peña Herrera

¡Oigaaaan, no suban que se los comen!”. El grito de alerta nos dejó paralizados y atónitos. No puedo decir cuántas cosas pasaron por mi mente en ese instante, porque no imaginaba cuál sería el peligro tan grande e inminente que nos asechaba como para que el vecino del edificio de enfrente nos detuviera con tanta urgencia.

Pero no hubo demasiado tiempo para dudas. “Meki” cruzó la calle a la carrera y unos cuantos vecinos se pararon en los balcones para hacernos señas hacia las ventanas del cuarto. “¡Vamos, vamos, que hay que sacarlas antes de que traigan al niño! Tienen un enjambre metido en la casa”.

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Armado con una caja de cartón y protegido por una camisa de mangas largas, Mikelino irrumpió en el cuarto y comenzó a buscarle el “nido” a las abejas. El dormitorio era un panal. No se escuchaba otro ruido que el zumbido de aquellos insectos laboriosos construyendo su nueva morada.

Para mí no había mucho que hacer. La verdad no soy muy diestra en tratar con ese tipo de tareas, así que los dos hombres (Meki y mi esposo) me enviaron fuera y los padres de Aimée, la amiguita de nuestro hijo, quien no quiso echarse perfume antes de irse a la escuela para que no la picaran a ella, me sacaron una silla en su portal y me contaron que ya habían intentado avisarnos por teléfono. No podía creer lo que veía: desde el segundo piso, frente a mi edificio, para dentro de mi casa no se distinguía prácticamente nada y afuera se aglomeraban más y más… y más abejas.

Aquello no se acababa y ya se acercaba la hora de recoger a mi bebé en el círculo. Entre tanta queja y tanta preocupación de mi parte por la posibilidad de que picaran al niño, una voz amarga de mujer salió desde dentro de un apartamento: “¡Que se lo comannn!”. No tuve, ni tengo, la menor idea de quién fue; tampoco quiero saberlo. Pero en ese momento, mi instinto animal de madre emergió con tanta furia como cuando le tocan un pollito a una gallina y exigí que saliera la desalmada. Por supuesto, el silencio fue su respuesta.

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En tanto, Mikelino y mi esposo continuaban batallando contra la invasión y otros cuantos de los moradores de mi barrio aportaban sus ideas acerca de cómo espantar el enjambre: que si con humo, que si se atrapa a la reina y las otras entran en la caja, que si hay un número telefónico al que llamar y vienen y te sacan a las intrusas, que si a cada rato pasa el enjambre buscando un nuevo lugar, que si por culpa del huracán y otras tantas hipótesis más.

La cosa duró para rato. Hubo que sacarlas de dentro del escaparate, donde lograron “pegar” algunos de sus primeros “ladrillos”. Después que “Meki” bajó la caja, supuestamente con la emperatriz de la miel, cientos de obreras quedaron revoloteando y no quiero escribir qué hicimos para deshacernos de ellas no vaya a ser que nos acusen por maltrato animal. Tres horas después, todas, absolutamente todas, las ventanas cerradas y café para celebrar con Mikelino, el héroe indiscutible de la jornada.

A estas alturas, no sé si la culpa fuese mía por dejar las ventanas abiertas y el escaparate con una hendija por donde se colaran las invasoras. Tengo mis dudas y hasta polemizo conmigo misma buscando alguna explicación. Pero de lo que sí estoy segura es de que hay gestos que marcan para siempre y que el de Mikelino, “Mekin”, el dueño de Sultán, el esposo de Fefa, o como quieran llamarlo, demostró que hay vecinos que te sacan un susto, por buenos o por malos, y hay otros, los mejores y más valioso, que te sacan de un susto, y después se van así, tranquilamente, como si nada hubiese pasado, sin esperar ni un halago siquiera por la mano que te han echado.

Meki” es un hombre que no pasa desapercibido en el barrio. Es el auténtico cubano dispuesto a ayudar cuando hace falta. El primero en la “chapea” del jardín, en buscarte las yerbas si te sientes mal y te hace falta un remedio. Claro, no hay que ocultar que también es el primero en darse “un traguito” y compartir con sus amigos cada vez que tiene un “chance”. Posee saberes tan disímiles y distantes entre sí como cogerle el ponche a una bicicleta, sobre los secretos de la tierra y de cómo llenarle la panza a sus marranas pensando en el futuro. Ah, y ahora que su esposa está accidentada, es experto en protegerle el yeso y ayudarla a bañarse sin que se le dañe.

Yo no sé lidiar con las abejas, y hasta grito cuando se acerca un zángano a provocarme con su aguijón; pero agradezco a la vida por presentarme a este ser tan servicial y me prometí a mí misma, después que aquella tarde no nos supo a miel, que no pasaba de hoy para agradecerle, con esta crónica, a Mikelino, mi vecino.

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3 pensamientos en “Mi vecino Mikelino

  1. Lamento el mal rato con las abejas, pero qué bueno si sirvió de excusa para que nos presentes a tu vecino! Gracias por compartir sobre todo para quienes vivimos en grandes urbes y no podemos disfrutar de esos pequeños gestos cotidianos!

  2. Hola Liudmy,leí tu interesante historia,en mi patio tengo las laboriosas y útiles abejitas,sin ellas no habrían frutos y son inofensivas si no se les molesta.Me gustó tu otra historia sobre el aventón y lo compartí en mi página de FB.Escribes muy bonito!!!!.Con saludos siempre.Jorgito.

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