REMEDIOS CONTRA EL OLVIDO

Sarita

Texto y Foto: Liudmila Peña Herrera

Todo el mundo la llama Sarita Remedios, y aunque no es famosa por ningún medicamento alternativo en contra de padecimiento alguno; en Nicaro la gente la busca cuando se trata del Che y de «la Fábrica».

Debe ser por esa manía suya de guardar, de archivar, de atesorarlo todo. Quizá sea debido a esa pasión que la hace secarse las lágrimas de emoción cada vez que cuenta cómo el Guerrillero le acarició la barbilla, casi por azar, y le regaló el piropo que más le ha gustado en su vida: «¡Qué niña más linda esta!»

«¡Y yo creo que se equivocó, porque imagínate…!», dice la corpulenta mujer acariciándose sus mejillas coloradísimas y uno no puede distinguir bien si está sonriendo o si de verdad está llorando. De hecho, creo que hay una mezcla de las dos cosas cuando Sarita detiene una lágrima que pugna por delatarla, justo antes de explicar: «Mi papá, Freddy Remedios, era el organizador del primer Buró Revolucionario que hubo aquí. Él estaba con mi mamá y conmigo en la escalerita por donde tenía que bajar la presidencia, después del acto donde el Che habló por primera vez en este pueblo, el 20 de enero de 1961. Por eso, digo que tengo el placer de haber tenido ese único contacto con él».

Nada podía indicar entonces que aquella pequeña iba a convertirse en la Comunicadora institucional de la Fábrica de níquel Comandante René Ramos Latour, hoy transformada en la Empresa de Servicios Nicarotec.

Desde su posición, escuchó el último pitazo de lo que había sido hasta entonces el corazón y el alma de Nicaro; pero su motor creativo no se detuvo. Entonces comenzó a fraguar un proyecto de museo, para que «las nuevas generaciones y los extranjeros conocieran la historia de la primera productora de níquel en Cuba, además de la pionera con esa tecnología en el mundo», cuenta.

«Era un museo andante, con partes de cada empresa, donde hubiera espacio para conversatorios y exposición de parte de la técnica», explica ya no con tanto entusiasmo, pues la idea no «cuajó» y hoy es otra la realidad y el objeto social de la empresa.

Sin embargo, la llama de historiadora que lleva dentro no se apagó. Por eso muestra, no sin notorio orgullo, varios objetos, fotos y documentos que relacionan la presencia guevariana con la gente de su pueblo.

Entre los artículos más atractivos que atesora, destaca una pluma –al parecer bañada en oro– con la siguiente inscripción: «Al obrero distinguido Próspero Gómez Guerra. El Ministerio de Industrias».

«Esa pluma el Che se la regaló a quien fuera fundador de la empresa y que trabajó en Ferrocarriles hasta que se jubiló. Él fue quien empezó, aquí en Nicaro, el trabajo voluntario con el Comandante», explica ella.

Pero no solo guarda ese objeto, sino también anécdotas de trabajadores sencillos que habían tenido relación con el Che y que ella ha ido recopilando y escribiendo para que conste en la memoria histórica de Nicaro.

Como la del obrero Alonso, quien lo vio en la cola del comedor un día y no le perdió ni pie, ni gesto, ni pisada. «Es que el Che venía aquí y no comía en casas de visita, sino junto a todos los trabajadores –acota Sarita–. Él vio cómo sus compañeros le decían que pasara delante y el Che no aceptó. Después, cuando entró, se sentó cerca de él y pudo escuchar cuando comentaba que a aquel almuerzo solo le hacían falta unas galleticas. Así de detallista era él».

Lo que comenzó como una tarea prioritaria durante el 30 aniversario de la Fábrica se fue convirtiendo en parte de su vida. Así, coleccionó tantos testimonios de personas sencillas que compartieron con él, que no recuerda bien el número.

«La mayoría de ellos ya murió, pero quedaron las historias sobre las visitas del Che a las minas de Ocujal, de Pinares; lo que conversaba con los trabajadores, las críticas que hacía cuando las cosas no estaban bien, y cómo ellos las recibían con afecto porque sabían de su calidad humana», señala.

En Nicaro quedan fotos y alguna que otra anécdota desperdigada por la memoria colectiva, contada de padres a hijos y de estos a los más pequeños; pero hay un lugar que cada habitante del antiguo pueblo minero observa con respeto: la estrella que eterniza el sitio donde el hombre de palabra y acción hablara por primera vez en el poblado. Hay quienes se acercan para leer la inscripción de la tarja, con una de las frases de su primer discurso: «Lamento no haber conocido antes este valioso pueblo de Nicaro».

Estoy segura de que Sarita, que es una apasionada también del diálogo, se quedó con historias por contar, y ante la inminente despedida, solo atinó a añadir: «Llegará el momento en que me tenga que jubilar y estoy valorando en qué manos dejo esos objetos tan importantes y valiosos que conservo. Solo se los entregaré a quien me dé la seguridad de preservarlos contra el olvido».

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