TRISTE PALABRA PARA UN FINAL

Liudmila Peña Herrera

¡Divórciate!”, le había gritado él, en un torrente de tanta rabia que parecía nacida del odio más legítimo y profundo. Por esta vez ella ni lo miró, ni pensó siquiera en responder. Ya habían vociferado tanto que solo tenía ganas de cargar con lo suyo y perderse de aquel sitio donde se había sentido amada, pero también muy despreciada.

Se veía tan sin nada, tan poca cosa, que solo atinó a repasar aquellas cuatro sílabas de la palabra divórciate, como la única salida que encontraba él a sus reclamos. Divórciate significaba que no había intención de cambiar, que seguirían las peleas, las inconformidades, las frases hirientes y toda suerte de artilugios recopiladas “para que doliera”. Divórciate era la respuesta de un hombre que se creía infalible, superior al mundo femenino que habitaba a su lado y del que no pensaba que ella pudiese desprenderse alguna vez. Divórciate no era divórciate, sino acostúmbrate.

Ella recogió lentamente todo lo que pudo, al menos, en su mente. Siempre fue igual. Toda desconsolada, hecha un manojo de nervios, ofreciendo disculpas hasta por lo que ni siquiera había pensado. Y él tranquilo, impasible, capaz de resistirse a la conversación o de subir el tono al nivel del quinto piso, no porque él asumiese que hablaba a gritos, sino “porque así hablo yo”. Ahora dormía, tan plácidamente como un amante arrullado por la música de la pasión. Y ella otra vez con el alma en pedacitos, recordando con dolor el noviazgo idílico y las promesas de la eternidad bajo la llovizna de un momento tan lejano que parecía experiencia ajena. Ganas de recogerlo todo le sobraban, pero no entendía por qué no lo acababa de hacer todavía.

Amor no podía ser, o era un amor masoquista. Si hacían falta insultos, ya sobraban; si golpes, también había. No era por falta de palabras soeces, ni de silencios eternos o análisis económicos de cuánto de lo que ganaba él servía para mantenerla. El colmo era que hasta en los embarazos la brutalidad se conjugó con el cariño. Era como si el amor y el odio habitaran el mismo laberinto.

Por más que buscaba, no encontraba en la historia batalla más larga y desgastante. La tristeza le calaba los huesos. Jamás se sintió tan poca mujer, tan inepta, tan torpe, como ahora. Mientras tanto, de bruces en la cama, aquel hombre displicente, olvidado de ella, y de todo, roncaba.

Esta vez ella no sabía si recurrir a la esperanza del olvido, del “tapar la historia” para que la familia no opinara y continuar con la pareja feliz que muchos envidiaban. No estaba segura de si valía la pena intentar decir, revisitar el lugar donde todo empezó a corromperse, pretender rescatar al hombre y la mujer que una vez fueron y que soñaron con fundar una familia en armonía.

Está segura de que no teme a la soledad, ni a empezar de nuevo. Pero no entiende qué extraños motivos la mantienen atada a un hombre que le grita “¡divórciate!” y se acuesta a dormir. Ahora mismo solo siente una pena honda que le acuchilla la vergüenza, porque aunque ella sabe –está consciente– que es víctima de la violencia, en su cabeza solo sabe darle vueltas a una palabra, y esa palabra, aunque debería, no es “valórate”.

OJOS AL ARTE

Fotos: Liudmila Peña Herrera

Fotos: Liudmila Peña Herrera

 

El Proyecto Ojos, de Santiago de Cuba, anduvo conquistando admiradores en Holguín, durante la Fiesta de la Cultura Iberoamericana. Estos chicos dan vida, a través del performance, el body art, el teatro callejero y otras técnicas, a personajes que parecen salidos de historias mitológicas o fantásticas.

Por Liudmila Peña Herrera

Transforman las calles en leyenda, en un cuento fantástico que incorpora hasta al más distraído de los caminantes. Son seres alados, hombres-monstruos, humildes campesinos, mujeres extrañas que parecen mirar más allá del horizonte…

Algunos les observan con desconcierto, como buscando un rasgo humanoide donde termina la pintura del cuerpo. Están vivos los ojos, pero no se mueven. No parece que respiren, que piensen, que sientan.

De pronto, llega un niño al que le han enseñado a no temer -o quizá lo traiga incorporado-, y despacito, como para no despertarlo, le toma una mano al que domina la atención de la plaza. Ve que nada terrible le sucede –ni siquiera se mueve– y procede a rozar al otro, con mucha más tranquilidad, como si lo encontrara por las calles cotidianamente. Sigue leyendo

CUBA MEZCLADA

Foto: Kaloian Santos Cabrera

Foto: Kaloian Santos Cabrera

Por Liudmila Peña Herrera


Publicado en Soy Cuba
¡Dale agua al dominó, Chicho, dale agua!, dices y remueves las fichas gastadas por el uso. Ahí están tus manos, y las suyas, las del barrio que se une en la alegría del cubano jaranero. Salta el doble seis al centro de la mesa y un negro muestra sus dientes blanquísimos cuando le da el primer pase al vecino. “Vaya, gallego, a ver si puedes conmigo”, le grita ahogándose de risa y el otro riposta con un toque que no da lugar a dudas: “No llevo”. En las casas de enfrente, una joven ensaya “La linda cubana” y otra prende el reguetón hasta donde lleguen los decibeles.

Reclinado en su viejo taburete, el Indio, callado, medio tímido, mira a los jugadores, se fuma un tabaco y guarda el buchito de café para cuando termine. En la casa de la esquina, la China sube el volumen a Van Van y recoge la jaba con el pan que le extiende el mensajero. Sigue leyendo

AVENTURAS TERMINALES

Fotos: De la autora

Fotos: De la autora

Por Liudmila Peña Herrera

Las terminales, esos espacios donde confluye la vida de numerosos seres humanos, me provocan cierta aversión y –a la vez– algún extraño interés. Será porque he pasado casi la mitad de mi vida viajando, a veces con la mejor de las suertes y otras con tantas desventuras que pudiese llenar cuartillas de anécdotas.

El encanto de esos sitios de paso nada tiene que ver con el sadomasoquismo de las peores experiencias viajeras. Creo que su magia está en la riqueza de secretos que albergan: el inicio o fin de incontables historias de amor, el último adiós al pueblo natal, los minutos, las horas, los días… la vida que se deja atrás cuando uno parte de cualquier terminal y va rumbo a un futuro más o menos incierto. Sigue leyendo

NACIMIENTOS DE UN JUGLAR

faustino oramasextra

Imagen tomada de Internet

Por Liudmila Peña Herrera

Juglar de lo cotidiano, hombre sencillo que inventaba en el aire un pretexto para invocar a la risa, aunque rara vez se le escapase la suya ante el público. Negro dicharachero y artista. Holguinero más allá de su último soplo de vida.

También rebautizado como “el rey del doble sentido”, Faustino Oramas Osorio nació unas cuantas veces después del 4 de junio de 1911. Volvió a nacer la primera vez que sostuvo un instrumento musical, o el día en que se presentó ante una multitud, o cuando canjeó su nombre por el lugar donde los celos quisieron presentarle a la muerte, o en tantas otras ocasiones en que su sentido picaresco se hacía acompañar del tres y de sus muchas historias. Sigue leyendo

¿LA EDAD DE LA INOCENCIA?


infancia-cuba
Por Liudmila Peña Herrera
Publicado en Soy Cuba
No creen los pequeños que el mundo es tan inmenso como se lo pintan. Lo observan todo y repiten cuanto oyen. A veces debemos hablar en susurros para que no aprendan aún lo que no deben. Pero hay a quien nada se le escapa. Como a Karla, que cuando ve indicios de tormenta en el rostro de su abuela, le hala de las ropas y aconseja: “No cojas lucha, abuelita Maluca”.
“Mira, Karla, una estrella”, dice la amiguita y le muestra un dibujo. La otra se encoge de hombros y responde: “Mira, Mariam, un mondongo”. Sonríe la traviesa mientras enseña un óvalo inmenso, del tamaño de la hoja de papel, con grandes ojos y, la verdad, medio espantoso. “¿De dónde sacó esta niña esa palabra tan fea?”, preguntan sus mayores horrorizados.
Difícil saberlo, porque la mente de los infantes es tierra fértil para cuanto abono aparezca. Por eso, muchos repiten palabras en inglés con tanta facilidad como si fuese su lengua materna o aprenden números, colores, canciones… solo con que otra chiquilla animada los repita en su televisor. Sigue leyendo

Tolerancia y fin de año

 

Tomada de images.artelista.com

Por Liudmila Peña Herrera

Se sentó frente al calendario y quiso esperar las primeras horas del nuevo año lejos del bullicio de los vecinos, sin la “mala grasa” del cerdo asado o las “alegrías mentirosas” después del vino. No quería abrazos ni besos, y mucho menos, las felicitaciones de sus familiares y amigos. Quería estar en soledad para escuchar los latidos de su corazón al compás del reloj.

Algunos intentaron disuadir, embullar… y hasta tirale de los brazos y arrastrarle hasta la fiesta. Bumbabatacabumba, sonaban las bocinas, mientras el cerdito asado giraba en la púa y las risas y los cuentos del año viejo se quemaban bajo los tizones del carbón y de entre las cenizas renacían nuevos sueños y cantatas.

Terminaba el fin del año. Y en vez de celebrarlo con algarabía, prefería recogerse en sí y pensarse con más pureza, regalar una mejor amistad, entregarse a sus padres, a sus hijos, sin cerrar las alas y dejar de volar, mientras los 365 días del próximo calendario le encontraran con vida. Así sería feliz.

El primer minuto le encontró entre sueños, abrazando su calendario con una sonrisa de luz que le alumbraba la calma.

ALGO MÁS QUE SOÑAR

50 aniversario de la Campaña de Alfabetización

A medio siglo de una de las victorias más trascendentales de la Revolución Cubana, la declaración de la Isla como Territorio Libre de Analfabetismo, las anécdotas parecen tomadas de alguna historia de ficción, pero los hechos delatan todo el humanismo que impulsaba la Campaña

Foto: Tomada de Juventud Rebelde

Por Liudmila Peña Herrera

En La Habana, la Plaza ardía en emociones compartidas: las manos, una misma ovación; los labios, un mismo nombre, y las miradas se fundían en un solo ser. “¡Adelante, compañeros…!”, impulsaba el líder investido con el traje de todo un pueblo victorioso. “¡(…) a hacerse maestro, a hacerse técnico, a hacerse médico, a hacerse ingeniero, a hacerse intelectuales revolucionarios!”, iluminaba Fidel en medio de miles de aplausos.

Entre la multitud de jóvenes que lo escuchaban enardecidos, ni Mariana, Martha, María Julia, Orestes, Amalia o tantos otros adolescentes, jóvenes y adultos, conocían de las experiencias de los compañeros que estaban a su lado; pero la victoria en una lucha común los juntaba. Fidel hablaba y ellos veían ondear la inmensa bandera roja de franja blanca y letras azules que proclamaba el cumplimiento de un sueño y la esperanza de un futuro mejor para Cuba. Sigue leyendo