Elizabeth y el octavo coche

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Por Liudmila Peña Herrera

Elizabeth jamás había montado en tren, por tanto, no podría recordar que, siendo muy niña, sus abuelos le acomodasen toallas en el suelo de la terminal de La Habana porque el pesado gusano metálico venía con más de 10 horas de retraso. No guardaría en su memoria lo aburrido que era mirar por la ventanilla los mismos campos llenos de pasto y la cara cansada de sus abuelos, y el rostro sin tema de conversación del vecino de asiento. Sí, porque aquel tren tenía unos compartimentos parecidos a los cuartos, con asientos colectivos situados unos frente a los otros; pero a diferencia de los dormitorios, en el tren había que dormir sentado. Y eso hubiese molestado mucho a Elizabeth de haberlo sabido. Pero Elizabeth nunca había montado en tren.

No sabía de confusión de olores divinos con malolientes sustancias humanas, ni imaginaba siquiera que para montar en tren había que estar listo para convivir con insectos que a uno le han enseñado a repudiar de por vida. No lo sabía, no.

Por eso Elizabeth, esa niña grande y rubia que adora las aventuras como lo más grande en su vida, estaba loca por montarse en aquel traqueteo de metales sin sospechar las grandes peripecias que le esperaban. Sigue leyendo

Hoy puede ser un gran día

 

Para hoy, día marcado por profetas optimistas y catastrofistas, no tengo mucho tiempo para escribir. Dicen que termina una era y comienza otra novísima. Por eso, me voy rapidito a disfrutar del amor y la compañía de los buenos y a llamar por teléfono a los que más quiero. Para quienes están más lejos y el saldo no me da para escuchar sus voces, sepan que les quiero y estaré feliz de su felicidad.

Entonces les dejo algunas imágenes hermosas y un regalillo que me ha acompañado desde años: una canción de Serrat que adoro: Sigue leyendo