Guernica: ayer y hoy, un canto por la paz

Por Liudmila Peña Herrera
La mujer, loca de dolor, grita desesperada. Entre sus brazos, el pequeño ya no se estremece bajo el tronar de las bombas asesinas. Sus ojos están secos, mudos ante la verdad de la muerte. Nada hay más allá de la confusión y el terror. La gente busca refugio, trata de escapar de los pájaros negros que aparecieron en el cielo con su descarga de odio.
En la villa vasca de Guernica no había campamentos ni concentración de armas; pero la mente asesina de Hitler quiso probar, en fuego real, los nuevos aviones Junker alemanes de la Luftwaffe. Así, el 26 de abril de 1937, el “bombardeo alfombra” de la aviación alemana exterminó a la mayor parte de la población inocente.
Picasso no estuvo allí, pero vio cómo la sangre manchaba las calles; oyó la voz de los moribundos preguntando, aún asombrados, por qué las bombas caían a su alrededor; y percibió el vaho de la muerte cuando el pueblo quedó en silencio. Cuatro días después, juntó la historia que leyó en los periódicos y la que le dictó su creatividad, y comenzó a trabajar en los bocetos.
El 4 de junio de ese mismo año, el cuadro estaba terminado. Las formas geométricas aparecían distorsionando y superponiendo personajes; las tonalidades no excedían los blancos y los grises, como para que el sentido frío (y sólido a la vez) de la grisalla, lograra comunicar en toda su amplitud el desamparo y el horror que sufrió la población vasca. Sigue leyendo