Mi regalo

beso

Por Liudmila Peña Herrera

Si pudiera te regalaba mis letras, toditas, de un solo golpe de tecla. No sería rendirme, no sería opacarme, no sería borrarme para nada de este territorio extraño y lejano en el que me ha tocado estar, quietecita.

Si pudiera me cortaba algún cabello y lo echaba a volar viento norte, programando previamente su destino. Eso, si pudiera, claro. Igual, cambiaría las fronteras, las tarifas telefónicas, las leyes de la vida, los destinos del tiempo. Repito: si pudiera.

Así podría llegar a salvo el dulce que más te gusta, y que no entiendo cómo, porque aún no le encuentro la magia a ese dulce simple, tan sencillo.

Así te sabría cantar sin interrupciones de estilo o, mejor dicho, de tono, la canción más hermosa del mundo, a eso de las cuatro y diez, que es la hora que más nos gusta. Llegaría hasta ti, no en forma de beso, como ahora; sino de veras, de veritas, así como llega la gente, de sorpresa, para abrazar a quien se quiere. Ah, pero todo eso, si pudiera. Sigue leyendo

Dibujo viejo para un nuevo cumpleaños

Por Liudmila Peña Herrera
He de llegar temprano, de puntillas, para poner debajo de su almohada el último dibujo de mi infancia. Llegaré con el beso de niña envuelto en sobres, para que él, desde lejos, sepa cuánto avanzo en la pintura de mi cariño.
Estará a cientos de kilómetros, quizá a punto de dormir, talvez con la cámara en ristre o en el instante del ippon, vencedor en su tatami. No sabrá que me estiro como Alicia, que tengo conejos mágicos y misteriosas historias creciendo entre las manos.
Lloverá mucho. Y el mundo será más grande y más amplias las fronteras. Y aún seré una niña que se sonroje bajo el regaño pesado por una palabra mal puesta, pero el dibujo estará ahí, debajo de su almohada, para que cuando despierte, aun rodeado de nuevos niños, le abracen mis manitas de sobrina, en su día de cumpleaños.

La mirada de Fidel

Por Liudmila Peña Herrera

Fidel Castro, a los tres años de edad

El papel rasga las tretas del olvido y la memoria. Delinea el tiempo en que los propios recuerdos se diluyen entre juegos infantiles y cariños maternos. Era el año 1929, tres desde que estalló en llanto, en aquella madrugada del 13 de agosto en tierras de Birán, preludio de un giro aún insospechado para la tierra que soportaba la cruz de la miseria y la desdicha. Sigue leyendo