PRIMERO “PA-PÁ”

 

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Por Liudmila Peña Herrera

No dijo “mamá” primero como yo quería. En el fondo, tenía una secreta esperanza de que soltara de una vez y para siempre. Pero no lo dijo.

Por poco tampoco dice “papá” –aunque finalmente lo hizo– y el padre brincó de la chochera victoriosa, mientras yo me hacía la infeliz aunque rebosara de alegría por dentro. Después empezó a decirle “Abdiel” (a su manera y en su lenguaje, claro). Y no hubo quien lo sacara del apelativo hasta que un día –no hace mucho– se le acabaron las ganas y otra vez volvió al papá que grita como palabra de “buenos días” o de “¡socorrro, que alguien me ayude a salir de este corral!”

Aquello fue una guerra sin armas. O con las más peligrosas que existen a veces: las palabras. Él le deletreaba “pa-pá” en los ratos que podía, mientras yo me pasaba el laaaaaaaargo día repitiéndole “ma-má”. Fue tanta la insistencia con el pobre pequeñuelo nuestro, que una amiga entrañable amenazó con enseñarle a decir “Tere” para que lo dijera primero. Sigue leyendo

MADRUGADA PARA UNA CRÓNICA

Mi alegría mayor, el Alex que me mata y me revive todos los días.

Mi alegría mayor, el Alex que me mata y me revive todos los días.

 

Por Liudmila Peña Herrera

El partido estaba al borde de la semana treinta y ocho cuando mi pequeño futbolista decidió patear su suerte, meter el gol definitivo y salir gritándole a la vida.

No hubo demasiado tiempo para reaccionar. Apenas un impasse, que la súper-bisabuela aprovechó para “inventarse” un celular, confirmar la noticia y llegar en un santiamén a tomar las decisiones.

A las cuatro de la madrugada yo quería planchar mi ropa y el papá de estreno pretendía seguir durmiendo. Pero el dolor comenzó a crecer, y terminé acostada yo mientras él alisaba la cinta azul de mi vestido floreado. Sigue leyendo

VOLVER…

Foto: Tomada de Cubahora

Por Liudmila Peña Herrera

Me pregunto cuánto de extraño, de difícil y de hermoso ha de ser volver. Ver tu propia sombra reflejada en la misma tierra de la que una vez, hace años (y parecen milenios) te despediste; descubrir que ya no pasas desapercibido para nadie, que todos te siguen con los ojos y alguien se seca una lágrima. Quizá la realidad supere esa película de suspense en la que una vez te introdujiste.

Partir es duro, sobre todo cuando uno no sabe a ciencia cierta cuál será el día del retorno, ni en qué extraños vericuetos del destino te encontrará el futuro. Pero volver, después de tantos años de lejanías y nostalgias, de soledades compartidas y de una vida extraña -mitad propia y mitad imaginada-; añorando el amor y el despertar en casa… volver debe ser terriblemente hermoso. Sigue leyendo

El camino hacia la libertad

Imagen tomada de Cubahora

Por Liudmila Peña Herrera

“Ya Fernando sale en estos días” -me dijo hace dos o tres noches esperanzado, como si fuese un familiar suyo quien estuviese a punto de volver. Y yo pensé: “No sale: aún no sale de esta”. 

En Cuba mucha gente se ha preguntado este jueves 27 de febrero, a qué hora trasladaron de cárcel a Fernando González Llort (porque no lo liberaron así no más, no está libre aún), cuándo volverá por fin a casa, si logrará ser feliz… Sigue leyendo

El mejor de los tíos

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Este es uno de sus besos, para mí.

Por Liudmila Peña Herrera

Cuando yo nací mi tío aún no había planificado tener hijos: demasiado pronto para él y suerte para mí, porque así tuve la primacía de su cariño. Casi no tengo recuerdos de su rostro o de cómo nos veíamos juntos, a no ser por las fotos de mis cumples, cuando los dos sonreíamos a su propia cámara. Supongo que tras la lente, apenas por un instante, estaría mi papá, porque la cámara era de ese tío apasionado por las imágenes, tanto como yo por las letras, aunque mucha de esa pasión por la fotografía también yo la heredé de él.

Hay una escena inolvidable en nuestra historia familiar que me marcó de por vida: sentados a la mesa, todos comían mientras yo jugaba con una amiguita. Algo quería yo que ella hiciera y como no quiso, le dije:”Ah, dale, no seas ‘pendeja'”. Supongo que había escuchado el término en alguna parte, pero hoy, cuando lo repienso, lo siento extraño también: palabra fea en boca de una muchachita.

Él, muy serio, me hizo llegar junto a él y su mirada casi me mata: “¡Que no te vuelva oír yo esa palabra horrible, que no te oiga!”. Y créanlo, con aquella amenaza de mi tío, jamás he vuelto a poner semejante palabra en mi vocabulario.

Gracias a él creí en la magia de los dibujos que viajan en carta por toda la isla, hasta llegar a la capital, para desdoblarse en besos; gracias a él repensé muchas cosas antes de decirlas y he aprendido cómo se construye una familia desde el amor y el cuidado de no estropear la semilla.

Ahora ya tiene más sobrinos y todos le adoran como yo, y nadie se pone celoso, creo. Porque mi tío siempre ha sido tan parecido a mi abuelo como para saber escucharnos, aunque detrás venga la sacudida del regaño. Claro, ahora ya tiene a su propio príncipe y a su princesita. Ah, y a la jefa del grupete, claro. Pero aunque ya es papá, sigue siendo el mejor tío de entre todos los tíos: lo cual no se logra tan fácil: así porque lo diga la genética. Yo creo que tiene que ver más con ese concepto de la empatía y el cariño. Hoy es su cumple y como la tecnología nos juega malas pasadas, le dejo mi pequeño regalito, colgado en este sitio.

Papá, ¡divino papá!

Foto: Daicar Saladrigas González

Foto: Daicar Saladrigas González

Por Liudmilla Peña Herrera

Todavía me sonrío cuando recuerdo aquella conversación inocente de un par de niños como de diez o doce años. Íbamos los tres por la acera. Ellos delante, soñando planes para el futuro y yo, periodista interesada hasta en los sueños infantiles, activé mi alarma informativa cuando escuché: “Yo me quiero casar a los 25 y voy a tener un solo hijo”, dijo uno y el otro le espetó de inmediato: “Pues yo me caso a los 18 y a los 20 voy a tener el primero y después el otro. Ojalá fueran mellizos”.

No niego que pienso en aquella plática y todavía me sorprendo y me sonrojo. Escuchar así, sin ser invitada, el proyecto de paternidad de dos pequeños que parecían venir de empinar papalote o jugar al fútbol, me pone a pensar en la inmensa responsabilidad que entraña una pequeña nueva vida a la que hay que alimentar, educar en el bien y amar por sobre todas las cosas. Sigue leyendo

BIRÁN, DE UNA SOLA VEZ

Fotos: Liudmila Peña y Abdiel Bermúdez

Visitar el sitio donde nacieron Fidel, Raúl y sus hermanos, conocer las interioridades de la familia donde se gestaron las primeras ideas de los líderes de la Revolución, es un privilegio que poseemos los cubanos

El primer viaje a Birán fue la solución de un sueño y el comienzo de otro

Por Liudmila Peña Herrera

I El camino

A Birán es mejor llegar a pie”, acordamos y burlamos la suerte de contar con un ómnibus que nos llevaría sin tropiezos al pequeño pueblo donde cada habitante tiene una historia distinta sobre Fidel. Está quien le vio de lejos y no se atrevió a pedirle el abrazo añorado, el que le apretó la mano en franco gesto de admiración, la pequeña que guarda como en un baúl sagrado los versos que le recitó, y hasta quien sabe de cerca muchas anécdotas poco contadas, gracias a algún abuelo o padre, antiguo alumno de la escuelita rural mixta número 15 donde estudió de niño Fidel Castro.

Partimos de Holguín en un transporte rumbo a “Caballería”, una intersección que propone tres caminos: de espaldas al punto de embarque, a la derecha, se encuentra el que nos ha conducido desde la ciudad holguinera; a la izquierda, la carretera que lleva a Cueto, Mayarí, Sagua de Tánamo y Moa. Al frente, la vía invita al forastero a varios pueblitos cercanos a la carretera, que termina a unos cuantos kilómetros en la ciudad de Santiago de Cuba, hacia donde va el camión que abordamos. No permaneceremos mucho en este transporte, pues la entrada a Birán está a una distancia poco considerable de “Caballería”. Nos bajamos.

Ya estamos llegando”, pienso mientras tomo un poco de agua y busco con la vista algún arbusto para protegerme del sol. “¿Está muy lejos el pueblo de Birán?, pregunto a unos lugareños, esperando una respuesta negativa. “Más o menos”, nos dicen. Y ya estoy pensando proponer la caminata cuando nuestros interlocutores acotan: “Pero a pie todavía es bastante lejos”. Suspiro, suelto un chiste sobre la buena suerte y me siento en una piedra para esperar que pase algún carro.

No han transcurrido cinco minutos cuando mi compañero para una camioneta que va para el mismo pueblo por cuestiones de trabajo. Allá vamos, agarrados a los barrotes de la parte trasera, casi aguantando la respiración porque la velocidad es mucha y el viento nos oprime la piel. A ambos lados de la carretera, el verde limpia la mirada.

Muchas gracias, compadre”, dice mi compañero al chofer, mientras cargo la mochila y nos disponemos a continuar marcha. Estamos en el pueblo, pero aún faltan un par de kilómetros para llegar a la finca. Sigue leyendo

En Jagüeyes David no desafía a Goliat

Fotos: Edgar

Por  Liudmila Peña Herrera

Padre e hijo se ocupan de la finca con la dedicación de quienes traen la ganadería en la sangre. “¡Cuidao con el toro!”, grita Osvaldo a su progenitor, pero el otro actúa con la naturalidad de costumbre. Por fin, entre los dos logran meterlo del otro lado del corral y entonces, nos invitan a pasar a la parte que ha quedado vacía.

Así comienza la inusual entrevista, que tiene lugar en la finca Jagüeyes, muy cerca del mismo corazón del poblado de Cueto.

Entre el mugir de los 20 toros que conforman la ceba semintensiva, David García Blanco, ganadero de toda la vida, comienza a explicar el procedimiento: “Trancamos a los animales con 200 kilogramos para llevarlos hasta 450. Por la mañana los pastoreamos, por la tarde limpiamos la corraleta, y los alimentamos dos y tres veces al día”, asegura. Sigue leyendo