AL BORDE DE LA CARRETERA

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Por Liudmila Peña Herrera

El billete ondeaba en sus manos como las banderas tristes de la derrota. “Si te quieres ir hoy, enseña el dinero, ¿oíste?”, le habían dicho al borde de la carretera repleta de viajeros sin suerte. Con desgano, como quien no tenía fuerzas para sostenerlo, ahí estaba él, moviendo el pedazo de papel con valor de 20 pesos… esperando.

Odioso de lo ilegal y lo injusto, durante las primeras horas había desechado sin pensar el “oportuno” consejo. Mas viendo cómo sus vecinos de viaje se hacían a la suerte con los billetes al viento y se marchaban de inmediato en toda clase de artefactos con ruedas y chapas de disímiles colores, pensó que aquella estrategia de acercarse al “amarillo” (inspector popular de transporte), por si algo paraba, quedaba desierta.

Apostó entonces la pose de quien paga lo que cobre el “dueño” de cualquier carro estatal y en menos de un pestañazo apareció el suyo. Era una guagua “Escolar”, de esas a las que todavía no hay por dónde cogerle un detalle: nuevecita y súper cómoda. No preguntó cuánto costaba y el chofer tampoco explicó nada. Entregó el importe y se sentó. Después, en otra parada, oyó cómo el hombre pregonaba: “Hasta Holguín son 10 pesitos, caballero”. Quiso decir algo, quizá reclamar el vuelto, mientras pensaba contento que al final no había gastado tanto y podía comprar, al menos, dos libras de arroz. Pero el golpe, sorpresivo y seco, le abofeteó el rostro: “Quién te mandó a pagar con un billete tan grande sin preguntar: aquí no se da el vuelto”, dijo el chofer todopoderoso con cara de pocos amigos a otro que se le había adelantado en el reclamo y a quien, a todas luces, debían devolverle más de 10 pesos. El viajero se contentó con refunfuñar desde su asiento, mientras el conductor conjugaba justificaciones y amenazas. Sigue leyendo