La soledad de la incomunicación

Por Liudmila Peña Herrera
El muchacho volvía siempre a casa con la cabeza baja, como si el peso de un montón de problemas no lo dejase levantarla. Todas las tardes eran iguales: llegaba a destiempo, despeinado, el uniforme sucio… Y la madre no preguntaba. Estallaba en amenazas y palabras horribles gritadas al viento como para que todo el barrio supiese que allí mandaba ella, aunque en su interior guardara el terror de no entender qué pasaba con su hijo después que salía de la escuela.
No se sentaron nunca a hablar. Ella seguía gritando y se iba a la cocina y después al fregadero y luego veía la novela… y todas las noches se dormía molesta. Él se encerraba en su soledad, se culpaba a sí mismo por la ausencia del padre y una idea loca le iba ocupando la cabeza.
Así va llegando la muerte de las palabras y la desesperanza de la comunicación entre padres e hijos. Unos, desesperados, temerosos, inexpertos, sufren los problemas en silencio; y los otros, ocupadísimos con el trabajo diario, con el sostén de la familia, para que ese mismo hijo tenga alimento, calzado y vestuario, se olvidan de preguntar: “¿cómo te ha ido, mijito?”, “¿por qué esa cara tan triste?”, “¿cómo puedo ayudarte?”. Sigue leyendo