Elegía del lector prudente

Por Liudmila Peña Herrera
Le había regalado un libro y ella saltaba de alegría, reclamando que se lo leyesen. Le encantaban los dibujos y la gracia de las caricaturas, a tal punto que se aprendió muchos poemas y se dormía abrazada del cuaderno. Era el libro de Chamaquili, de Alexis Díaz Pimienta, un conjunto de historias protagonizadas por un niño que volvía a La Habana.
Hasta que un día se acercó muerta de la risa y me enseñó el libro hecho trizas: “¿Viste, lo rompí? Cómprame otro”, me dijo. Permanecí en silencio, mirándola con seriedad, para que supiese que no estaba de acuerdo. “¿Estás brava?”, preguntó. Y yo me puse a explicarle, como puede explicársele a una niña de tres años, que los libros no se rompen, que aquello era como pegarle a Chamaquili. Sigue leyendo