La soledad… o cómo nacen las perlas

Foto: Tomada de Internet

Por Liudmila Peña Herrera

A veces, cuando los días son muy extraños, muy grises, muy tristes, me pregunto cómo será la vida de una ostra. Así, toda encerrada en la oscuridad de unas paredes solitarias, guardando un tesoro que casi nadie ve, o casi nadie aprecia. Supongo que la posibilidad de ver nacer la perla, de protegerle en el interior de esas compuertas clausuradas, es su mayor tesoro. O al menos, eso he imaginado desde niña.

Pero cuánto silencio habrá dentro de esa ostra que ni una perla guarda. Vacía de belleza, según las convenciones de algunos. Jamás he visto una perla verdadera. Ni estoy enterada siquiera de cuánto vale algo como ellas. Pero ¿y si cerrara las ventanas, las puertas, las rendijas? ¿si apagara el teléfono, el televisor, las luces? ¿si intentara no escuchar los ruidos de la calle, ni las llamadas de los vecinos, ni las dudas de mis propios pensamientos? Sigue leyendo

Esperando…

Esperando... mientras las palabras se resisten...

Esperando… mientras las palabras se resisten…

Por Liudmila Peña Herrera

Yo, que tanto he amado las palabras, me encuentro escondida tras los ventanales, esperando, con miedo (muchísimo miedo) a que pase esta época de sequía.

Afuera llueve. Todas las tardes se inundan mis zapatos viejos mientras me resguardo de la lluvia. Pero hay sequía de palabras. No imaginan cuántas veces debo corregir las que aquí leen, porque los dedos entorpecidos no saben qué hacer con el teclado.

Tiemblo de solo pensar cómo será. Había imaginado una época florida donde las palabras amaneciesen entre las sábanas, esperándome desde la madrugada. Pero huyen. Nada ha salido bien.

Es verdad que no podemos predecir ni el “ahoritica mismo”. Y yo que tanto quisiera decir, que estoy a disposición de las palabras… Pero se quedan quietitas, tiesecitas al borde de mis pensamientos. Y yo con miedo. Tengo pánico de quedar callada y a la vez temo decirlo todo.

Sé que muchos me miran, a veces sin disimularlo. Lo sé, aunque también pudiese ser paranoia. Miran y callan. Quizá lo sepan. Quizá por eso no pregunten nada. Menos mal. Porque sería complicado explicarles qué sucede, por qué está pasando el tiempo y yo como si nada, como si quisiera envejecer sin que pasase al menos algo un poquito importante. Y yo con miedo. No sé muy bien de qué, pero con miedo.

Releo lo que escribo. No tiene caso: es tan simple como las letras de una muchacha de secundaria. Pienso un segundo: “total, no importa, es parte del ahora” – supongo sin mucha convicción y aquí estoy, escondida tras los ventanales, esperando… No sé muy bien por qué, pero esperando.