Fumar de un cigarro ajeno

Foto: Elder Leyva

Foto: Elder Leyva

Por Liudmila Peña Herrera

Tengo que confesarlo: odio el humo del cigarro. Es tanta la repulsión que siento por el humo, por su olor… que puedo declararme oficialmente alérgica a los fumadores. Es una aversión que adquirí desde niña, cuando debía soportar el humo del cigarro de mi abuela mientras veíamos la novela. Ella lo disfrutaba: se le notaba en el rostro repleto de placer; pero nosotros nos tragábamos aquellos químicos como si hubiésemos estado pegados a su mismo pitillo.

Apágalo, apágalo: me da falta de aire”, decía yo sin saber cómo era la sensación del asmático. Aún no sé la verdadera razón; pero, por suerte, tiempo después mi abuela dejó el vicio y además de ahorrarnos las molestias familiares, le ahorró unos cuantos pesos a la jubilación de mi abuelo. Sigue leyendo