La soledad… o cómo nacen las perlas

Foto: Tomada de Internet

Por Liudmila Peña Herrera

A veces, cuando los días son muy extraños, muy grises, muy tristes, me pregunto cómo será la vida de una ostra. Así, toda encerrada en la oscuridad de unas paredes solitarias, guardando un tesoro que casi nadie ve, o casi nadie aprecia. Supongo que la posibilidad de ver nacer la perla, de protegerle en el interior de esas compuertas clausuradas, es su mayor tesoro. O al menos, eso he imaginado desde niña.

Pero cuánto silencio habrá dentro de esa ostra que ni una perla guarda. Vacía de belleza, según las convenciones de algunos. Jamás he visto una perla verdadera. Ni estoy enterada siquiera de cuánto vale algo como ellas. Pero ¿y si cerrara las ventanas, las puertas, las rendijas? ¿si apagara el teléfono, el televisor, las luces? ¿si intentara no escuchar los ruidos de la calle, ni las llamadas de los vecinos, ni las dudas de mis propios pensamientos? Sigue leyendo

La soledad del comensal que espera

Imagen

Por Liudmila Peña Herrera

“Nadie. Como decir: todos del otro lado”

(Soledad/ Jorge Boccanera)

Apuro los tomates y las cebollas dentro de la olla. Me gusta el olor del sofrito. Si fuera por mí no dejaba ni un poquito para la salsa: me lo comía siempre con pan. Pero hay que darle guerra a esos placeres extraños y aguantar.

Se va secando la cazuela y ya los tomates marchitos se han tragado el aceite. Hecho rápido los espaguetis amarrados a las salchichas, como para salir del momento y sentarme a escribir. Sigue leyendo

Réquiem

Pintura de Jack Vettriano - Francia Tomada de Internet

Silvio Rodríguez/

Disfruté tanto tanto cada parte
Y gocé tanto tanto cada todo
Que me duele algo menos cuando partes
Porque aquí te me quedas de algún modo.

Ojalá nunca sepas cuanto amaba
Descubrirte los trillos de la entrega
Y el secreto esplendor con que esperabas
Tu reclamo de amor que ya no llega.
Anda, corre donde debas ir
Anda, que te espera el porvenir.
Vuela,
Que los cisnes están vivos
Mi canto está conmigo
No tengo soledad. Sigue leyendo

Tolerancia y fin de año

 

Tomada de images.artelista.com

Por Liudmila Peña Herrera

Se sentó frente al calendario y quiso esperar las primeras horas del nuevo año lejos del bullicio de los vecinos, sin la “mala grasa” del cerdo asado o las “alegrías mentirosas” después del vino. No quería abrazos ni besos, y mucho menos, las felicitaciones de sus familiares y amigos. Quería estar en soledad para escuchar los latidos de su corazón al compás del reloj.

Algunos intentaron disuadir, embullar… y hasta tirale de los brazos y arrastrarle hasta la fiesta. Bumbabatacabumba, sonaban las bocinas, mientras el cerdito asado giraba en la púa y las risas y los cuentos del año viejo se quemaban bajo los tizones del carbón y de entre las cenizas renacían nuevos sueños y cantatas.

Terminaba el fin del año. Y en vez de celebrarlo con algarabía, prefería recogerse en sí y pensarse con más pureza, regalar una mejor amistad, entregarse a sus padres, a sus hijos, sin cerrar las alas y dejar de volar, mientras los 365 días del próximo calendario le encontraran con vida. Así sería feliz.

El primer minuto le encontró entre sueños, abrazando su calendario con una sonrisa de luz que le alumbraba la calma.

El retorno de la SUPERABUELA

Un singular personaje conocido en Báguano como la Superabuela, teje un manojo de historias que la convierten en una leyenda viva. Pero la más impactante es cómo esta señora de 87 años logró vencer la soledad y la tristeza, para convertirse en una artista de la comunidad

Por Liudmila Peña y Abdiel Bermúdez

Fotos: Liudmila

A lo lejos, el cortejo fúnebre es una mancha negra que poco a poco se pierde entre el silencio de las losas y el murmullo triste de las hojas secas cayendo en llovizna sobre el cementerio. La mujer permanece inmóvil, con el cuerpecillo ovillado detrás de un ciprés, esperando… Y cuando ya no hay nadie alrededor, va a tenderse de bruces sobre la lápida.

Noche tras noche hace lo mismo, y hasta se queda a dormir en el camposanto, “para estar cerca de mis muertos”. Pero aquella vez no escuchó el graznido del pájaro agorero, ni el crujir de la yerba bajo las botas toscas de quien la espiaba. Solo sintió una mano grande y huesuda que la asía con fuerza por el hombro. “Norma, ven conmigo”, le exigió una voz conocida. Sigue leyendo