El mejor de los tíos

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Este es uno de sus besos, para mí.

Por Liudmila Peña Herrera

Cuando yo nací mi tío aún no había planificado tener hijos: demasiado pronto para él y suerte para mí, porque así tuve la primacía de su cariño. Casi no tengo recuerdos de su rostro o de cómo nos veíamos juntos, a no ser por las fotos de mis cumples, cuando los dos sonreíamos a su propia cámara. Supongo que tras la lente, apenas por un instante, estaría mi papá, porque la cámara era de ese tío apasionado por las imágenes, tanto como yo por las letras, aunque mucha de esa pasión por la fotografía también yo la heredé de él.

Hay una escena inolvidable en nuestra historia familiar que me marcó de por vida: sentados a la mesa, todos comían mientras yo jugaba con una amiguita. Algo quería yo que ella hiciera y como no quiso, le dije:”Ah, dale, no seas ‘pendeja'”. Supongo que había escuchado el término en alguna parte, pero hoy, cuando lo repienso, lo siento extraño también: palabra fea en boca de una muchachita.

Él, muy serio, me hizo llegar junto a él y su mirada casi me mata: “¡Que no te vuelva oír yo esa palabra horrible, que no te oiga!”. Y créanlo, con aquella amenaza de mi tío, jamás he vuelto a poner semejante palabra en mi vocabulario.

Gracias a él creí en la magia de los dibujos que viajan en carta por toda la isla, hasta llegar a la capital, para desdoblarse en besos; gracias a él repensé muchas cosas antes de decirlas y he aprendido cómo se construye una familia desde el amor y el cuidado de no estropear la semilla.

Ahora ya tiene más sobrinos y todos le adoran como yo, y nadie se pone celoso, creo. Porque mi tío siempre ha sido tan parecido a mi abuelo como para saber escucharnos, aunque detrás venga la sacudida del regaño. Claro, ahora ya tiene a su propio príncipe y a su princesita. Ah, y a la jefa del grupete, claro. Pero aunque ya es papá, sigue siendo el mejor tío de entre todos los tíos: lo cual no se logra tan fácil: así porque lo diga la genética. Yo creo que tiene que ver más con ese concepto de la empatía y el cariño. Hoy es su cumple y como la tecnología nos juega malas pasadas, le dejo mi pequeño regalito, colgado en este sitio.

Dibujo viejo para un nuevo cumpleaños

Por Liudmila Peña Herrera
He de llegar temprano, de puntillas, para poner debajo de su almohada el último dibujo de mi infancia. Llegaré con el beso de niña envuelto en sobres, para que él, desde lejos, sepa cuánto avanzo en la pintura de mi cariño.
Estará a cientos de kilómetros, quizá a punto de dormir, talvez con la cámara en ristre o en el instante del ippon, vencedor en su tatami. No sabrá que me estiro como Alicia, que tengo conejos mágicos y misteriosas historias creciendo entre las manos.
Lloverá mucho. Y el mundo será más grande y más amplias las fronteras. Y aún seré una niña que se sonroje bajo el regaño pesado por una palabra mal puesta, pero el dibujo estará ahí, debajo de su almohada, para que cuando despierte, aun rodeado de nuevos niños, le abracen mis manitas de sobrina, en su día de cumpleaños.