Un encanto, la Atenas de Cuba

Fotorreportaje: Liudmila Peña Herrera

Agarrar la mochila, pomos con frijoles, bolsas con arroz, aceite y agendas. Hacer “ponina”, como decimos en Cuba, cuando recogemos dinero entre todos para un objetivo u objeto común, agarrar el tren o cualquier medio de transporte disponible y encontrarnos en el punto señalado…

Eso hemos hecho un grupo de blogueros y twitteros cubanos por nuestra propia cuenta y con el noble empeño de amistarnos más, compartir experiencias y conocer mejor nuestro país. No nos quedamos en las ciudades a admirar desde la tranquilidad y la comodidad del  hombre citadino, las bellezas de Cuba. Nos vamos a las lomas, a los montes, como aquellos barbudos de ayer, ahora no a libertar a la Patria, sino a pensar juntos cómo contribuir a que nuestro socialismo sea mejor.

No les dejo fotografías nuestras, sonrientes y entusiastas, sino algunas de las que capturé mientras las bellezas naturales y las riquezas de la historia nacional encantaban mi lente y emocionaban mis palabras.

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Uno de los objetos expuestos en el Museo de Girón, donde ocurrió el ataque mercenario y la posterior victoria del pueblo cubano

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Vista de la ciudad de Matanzas

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Una parte del proceso de hacer carbón, una de las actividades más frecuentes de los campesinos de la zona.

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En la Cueva de los Peces, el salto del Cisne.

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La Cueva de los Peces es producto del paso del tiempo y los caprichos de la naturaleza. Una cueva a cielo abierto, donde se encuentran peces de mar, pues sus aguas son salobres.

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Una vista del Parque Nacional Salinas de Brito, en la Ciénaga de Zapata

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Los humedales son una de las características definitorias de la Ciénaga de Zapata

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En los humedales pueden encontrarse especies protegidas de la zona, como cocodrilos y flamencos.

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Elizabeth y el octavo coche

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Por Liudmila Peña Herrera

Elizabeth jamás había montado en tren, por tanto, no podría recordar que, siendo muy niña, sus abuelos le acomodasen toallas en el suelo de la terminal de La Habana porque el pesado gusano metálico venía con más de 10 horas de retraso. No guardaría en su memoria lo aburrido que era mirar por la ventanilla los mismos campos llenos de pasto y la cara cansada de sus abuelos, y el rostro sin tema de conversación del vecino de asiento. Sí, porque aquel tren tenía unos compartimentos parecidos a los cuartos, con asientos colectivos situados unos frente a los otros; pero a diferencia de los dormitorios, en el tren había que dormir sentado. Y eso hubiese molestado mucho a Elizabeth de haberlo sabido. Pero Elizabeth nunca había montado en tren.

No sabía de confusión de olores divinos con malolientes sustancias humanas, ni imaginaba siquiera que para montar en tren había que estar listo para convivir con insectos que a uno le han enseñado a repudiar de por vida. No lo sabía, no.

Por eso Elizabeth, esa niña grande y rubia que adora las aventuras como lo más grande en su vida, estaba loca por montarse en aquel traqueteo de metales sin sospechar las grandes peripecias que le esperaban. Sigue leyendo