La soledad del comensal que espera

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Por Liudmila Peña Herrera

“Nadie. Como decir: todos del otro lado”

(Soledad/ Jorge Boccanera)

Apuro los tomates y las cebollas dentro de la olla. Me gusta el olor del sofrito. Si fuera por mí no dejaba ni un poquito para la salsa: me lo comía siempre con pan. Pero hay que darle guerra a esos placeres extraños y aguantar.

Se va secando la cazuela y ya los tomates marchitos se han tragado el aceite. Hecho rápido los espaguetis amarrados a las salchichas, como para salir del momento y sentarme a escribir. Sigue leyendo

Venezuela: vivir y vencer

Por Liudmila Peña Herrera
Venezuela está triste: lo dicen los medios, lo dicen pequeños mensajes en Twitter, lo dicen los rostros en los estrados, en las calles… Ha de estar triste Venezuela, porque cuando muere un amigo, un padre, un valiente, la tristeza es lo primero que sella nuestros labios, que obstruye la garganta y aprieta el corazón. Ha de estar triste Venezuela porque los creyentes buenos eran todos una misma oración, clamando a su Dios para que salvase a Chávez.
No sé si Dios escucha, si sabe de revoluciones, de riquezas y pobrezas. No sé si tiene un mapa político con fronteras delimitadas al alcance de sus manos inmortales. Pero sé que Chávez no ha vivido por gusto. Un hombre que invita a un pueblo a salir de la miseria, a repartir la riqueza justamente, un hombre que desafía los peligros para el bienestar de los demás, no puede más que salvarse de la muerte, aunque la bandera baje tristemente en espíritu de duelo. Pero la Venezuela honrada no deberá dejar caer nunca la bandera de la libertad que empuñó Chávez. Sigue leyendo

El retorno de la SUPERABUELA

Un singular personaje conocido en Báguano como la Superabuela, teje un manojo de historias que la convierten en una leyenda viva. Pero la más impactante es cómo esta señora de 87 años logró vencer la soledad y la tristeza, para convertirse en una artista de la comunidad

Por Liudmila Peña y Abdiel Bermúdez

Fotos: Liudmila

A lo lejos, el cortejo fúnebre es una mancha negra que poco a poco se pierde entre el silencio de las losas y el murmullo triste de las hojas secas cayendo en llovizna sobre el cementerio. La mujer permanece inmóvil, con el cuerpecillo ovillado detrás de un ciprés, esperando… Y cuando ya no hay nadie alrededor, va a tenderse de bruces sobre la lápida.

Noche tras noche hace lo mismo, y hasta se queda a dormir en el camposanto, “para estar cerca de mis muertos”. Pero aquella vez no escuchó el graznido del pájaro agorero, ni el crujir de la yerba bajo las botas toscas de quien la espiaba. Solo sintió una mano grande y huesuda que la asía con fuerza por el hombro. “Norma, ven conmigo”, le exigió una voz conocida. Sigue leyendo